Thursday, January 14, 2016

12 y 13 de enero 2016

Hoy no pasó mucho y a la vez pasó demasiado.
Decido despertarme temprano y aprovechar el día. Es para mí el mejor método para una noche de mal dormir.
Doña Hermelinda, la señora del lugar, pronto se nos acerca; las quejas sobre el vecino ruidoso de anoche son múltiples. 
"Le llegó una visita a la 1 y eso era todo lo que necesitaba" 
Me extraña que se preocupara por la mala reputación que él le podía dar al lugar. En un hotel con esta pinta y con condones al lado del tele, juré que la cosa se trataba de eso.
Caigo en cuenta que hoy llegamos a Copán Ruinas y me entra una emoción profunda.
Encima recuerdo que de aquí sigue Guatemala y brinco rápidamente por el cuarto.
Conseguimos una empanada de frijol de desayuno en la ventanita cerca de la única parada de buses del pueblo. Resulta que una empanada aquí sigue siendo una pupusa. Creo que he comido más repollo en Nicaragua y Honduras de lo que había comido en toda mi vida en Costa Rica. Ni el sauerkraut de los alemanes me pudo recetar jamás tanto. 
Trato de pedir ride en la principal del pueblo. Al rato esto de matar la lista de cosas pendientes por hacer en la vida me pueda ir funcionando de algo. 
¡Lástima! A pesar de haber preguntado, lo pedí en el sentido contrario al lugar para el cual íbamos, así que por dicha no nos lo dieron.
Aquí los buses pasan "jodiendo". Se ha perdido el derecho de estar en la calle libremente sin reportársele a nadie. El transporte público se regatea tanto como bolsos en las calles de la India. Sin importar lo que piensen quienes ya viajan adentro, el bus para, el ayudante nos viene a negociar la tarifa y..¡bueno! Chao bucket list y bienvenido el busito hacia Copán Ruinas. 
La verdad no comprendo la diferencia entre los nombres de cada uno de estos lugares. 'Entrada' no es entrada a ninguna ruina más que a su propio pueblo. 'Ruinas copán' y 'Copán ruinas' no son lo mismo y para ir a las ruinas la cosa se dice al revés. Es lo único que veo.
2 horas y media tardamos en el bus con más paciencia de toda Honduras. 40km por hora es decir demasiado.
Copan Ruinas me recuerda un poco a Antigua. Definitivamente aquí nos sentimos muchísimo más seguras.
Nuestro Couch no nos contesta y falta rato para que acabe el día. 
Dejamos la visita a las ruinas para mañana y hoy nos dedicamos a visitar el pueblo mientras el Couch se aparece.
"Vayan donde el gringo que es más relajado" nos dice la señora que vende empanadas en el Palacio Municipal. Ella fue un ángel que nos guió el camino.
Dejamos los bultos al lado de unos tambores en la tarima de Jim's Pizza.
Al salir y a la vuelta de la esquina, almorzamos pupusas donde una señora del pueblo. 
De mostaza, de frijol, de quesillo y de ayote. Al menos aquí hay un sustituto para las mil y un carnes. Cuando haga pupusas en casa, pretendo mezclar la de ayote con la de mostaza y dejar la de queso y frijol cada una por aparte. El loroco nos quedará pendiente por probar, porque la hacen sólo los fines de semana en todo lado.
Poco a poco comenzamos el recorrido:
400 lempiras: cama en un dormitorio de 6 u 8 en un hostel.
360 lempiras: cuarto privado en un lugar, aunque bien turístico, también bastante bonitito.
50 lempiras: se acampa frente al sitio arqueológico de las ruinas.
Aprovechamos el viaje a las ruinas para conseguirnos boletos.
Como caducan en 8 días y dan acceso a Las Sepulturas, dividimos la visita y hacemos eso hoy con calma.
Antes de entrar, caminamos quizás dos kilómetros de las Ruinas hasta Las Sepulturas.
En medio, veo muchísimas siembras.
No puedo quedarme con el clavo.
"¿Por qué hay tanto sembradío entre las Ruinas y Las Sepulturas?"
Tierras que vinieron a reclamar como pertenecientes de los blancos.
"Llegaron con títulos de la colonia como dueños de todas estas tierras"

Siete minutos de silencio.

Son los pueblos originarios de estos lugares quienes veo caminar por senderos maltrechos para trabajarles las tierras.
Hombres mayores, mujeres jóvenes, gente con la piel requemada y aún en la tarde siguen en sus labores.
Al otro lado de los campos, aún sobre la Pan Americana, varias "casas" resguardadas por militares.
Un trago grueso y amargo de saliva mientras veo hombres pasar con leña en las espaldas. Se ponen colchoncitos para alivianarse los ardores y un bulto en los hombros para que les duela menos jalar los palos.
Me da vergüenza quejarme de tener que andar jalando el bulto de mi cámara.
"Miren sus árboles" nos dice un guía a la entrada.
Hay más Guanacastes acá de lo que vimos a la salida de Liberia.
Firmas en el libro de visitas sólo hay una en todo el día. De un gringo.
Estamos a una hora de que cierren.
"La naturaleza es tan sabia que ha ido tapando todas aquellas excavaciones pendientes" nos dicen.
Estamos en un residencial de la clase media.
Camino descalza y recargo energías. No las del día, sino las de la vida.

Antes de irnos a acampar, tentadas igual por nada más quedarnos en el cuarto de un lindo hotelito, le preguntamos a un Tuc Tuc por el señor de Couch que buscábamos. Como es artista, damos con él fácilmente.
La casa, de ventanales pequeños en marcos de madera, está pintada en las paredes con colores, caracoles, flores y demás decoraciones.
A derecha, un ala de la casa está llena de gente que pinta lienzos en caballetes.
Venimos un par de días tarde y sin anunciarnos, pero a Edgar eso poco le importa.
"Pensé que ya no venían. Dejen las maletas; pónganse cómodas!!"
El sofá está cubierto con la misma tela maya que el sofá de nuestra casa.
Un chico visitante rápido nos saluda. Sale gente de todos lados.
La energía da vueltas en una espiral bella.
"¡Aaaah! ¿Son ticas? Yo conocí ticas de teatro en Antigua"
Rápido las conexiones con gente conocida se empieza a armar.
Nacen redes; múltiples redes.
Mientras andábamos en la ciudad temprano, honestamente nos sentamos a sonambulear despiertas con platos de otro tipo de comida.
Desde que salimos de la casa hasta ahora hemos tenido una dieta similar todos los días.
Como conversación de rato en el parque, nos sentamos a compartir lo que cada una comería si pudiera.
Tras un café con pancitos en la casa donde llegamos, aprovechamos la caída de la noche y la salida de la gente hacia el pueblo para ir a buscar cena un rato.
Edgar, el tocayo flaquito, nos acompaña.
Sin mucho caminar damos con un vegetariano y, así, cada una de las cosas que deseamos ahí estaban - en cada uno de nuestros platos - al final del día. 
Tras colmarnos de repetidas bendiciones, este pequeño Edgar sigue su camino. 
Nosotras regresamos a una casa con dos niñas bellas cuya familia nos esperaba para irnos a acostar.
La señora de la casa nos lava el baño con cloro. Nos acostamos agradecidas; bien pareciera que nos hubiese lavado el corazón con muchísimo cariño.

13 de enero 2016


Que esta foto todo lo resuma sobre nuestra subida a Los Sapos. 
Desde que el hombre ayer nos dijo que había un sitio al sur de la Acrópolis donde había una comunidad 'indígena' viviendo, mi corazón me dijo que para ahí íbamos. 
Me levanté hoy temprano como medicina para otra mala noche seguida. 
Pies a la tierra, me vinculé con el patio un rato. No pasó mucho para que se unieran el pintor de la casa y mi esposa. Empezamos un café mañanero entre los tres y rápido teníamos una mesa llena hasta con vecinos de lejos. Sin luz y sin agua, la conversación se hizo sobriamente amena. 
Marbella, la artesana que comparte lugar y experiencia con nosotras en el cuarto, se levanta a limpiar los ventanales de la casa. Acá lo que comienza una termina en la tarea entera de la casa. Las manos se multiplican y la tarea se simplifica. 
Salimos por cosas para aportar el almuerzo mientras otras ponen sus manos para alimentarnos a todes. Otro espacio compartido nos une y nos deja con el estómago a explotar un poco. 
A una hora de camino, dejamos platos sin lavar mientras otres lavan lienzos en la pila, y nos vamos a buscar Los Sapos con Marbella. 
Jalón para arriba con un hombre que cree en la energía que llevamos. 
Trillos, huecos en las paredes con palos que permanecen hacia arriba en señal de activa caza, árboles frutales que nutren extensivamente a la comunidad, guindos a los lados de caminos que se abren de pronto y, sobre todo, una vista insuperable al valle. Así llegamos a la plaza. Casas colindantes llevan el trabajo laborioso de las coloridas muñecas que se ven en las pupuserías del pueblo. Unos niños salen a saludarnos. Rápidamente se tiran a ser nuestras amables guías. Así damos con la piedra del nacimiento. Una mujer en labor de parto queda por muchísimo tiempo honrada en la primera piedra de este lugar. Estamos en la sala de labor de parto más antigua de Honduras, dicen los fallidos libros. Para los niños, este sitio es una mezcla de orgullo y juego. Le damos ampliamente a lo lúdico. Parí, parieron, jugamos entre sapos y el cocodrilo que cuida entre boca y cola a la mujer en postura de parto. La sangre aquí se encamina en senderos para desembocar en el río que le espera. El fuego al lado le mantiene en calor mientras las ruinas aún se ven desde un costado. La vista y la compañía es absolutamente maravillosa. No puedo evitar tomar una foto y los niños no se censuran en querer tomar una foto conmigo. Un botón y descubren el 'selfie'. Si me preguntan, sería lo ÚLTIMO que llevaría del occidentalismo a estas comunidades. A ellos les gusta, les divierte y, entre chiste y chiste, los recuerdos nacen. Rápido se van corriendo porque "ya viene el Lucas". Nos quedamos un rato en las piedras y en menos de 5 pasan dos señores serios con cargas de madera. La verdad es que comprendo por qué el Lucas no los querría encontrar aquí. Buscamos nuestro camino de vuelta y tratamos el otro lado. Los niños nos dijeron que era más rápido, lo cual es cierto, pero no que era más modernista, también. Salimos, entonces, por la famosa Hacienda San Lucas. Un hotel precioso, pero caro y pretencioso. Hay dos señoras hospedadas en este lujoso hotel. La comida cuesta el quíntuple y la noche va por más lempiras de lo que me parece justo con la comunidad que tienen al lado. De aquí nos robamos la vista y seguimos nuestro camino hacia abajo. Otro jalón para bajar la montaña, esta vez por una señora, y tenemos la oportunidad de hablar con un señor mayor del pueblo en la parte de atrás de un pick-up. Al volver a casa, Luna y Jade nos esperan para jugar rayuela. Las ruinas se quedan para mañana, nuestro último día en este lugar.



Tuesday, January 12, 2016

9,10,11 de enero 2016

9 de enero 2016 

Anoche perdimos el libre albedrío.
“qué va! ustedes no pueden ir solas ahí!”
Y, así, el hijo del medio de doña Lidia se fue en quién sabe qué momento a buscar quién nos guiara al cañón.
Se había ganado mi respeto por cocinarle a Wil la pelota de hígado que ni la misma Lidia le quiso cocinar. “Me pierden siempre las panas, no jodás!” se negaba por primera vez a algo esta mujer.
“Andá traéme un limón, apuráte, hombre” le decía el muchacho padre de 2.
Tan educadxs para la solidaridad y entrega lxs tiene la matrona que pareciera que ellxs asumen cuando ella ya no da.
Entre cocinarle la cena a estos “borrachos de la esquina”, alistar a su hija para el viaje del día siguiente y ser un muchacho joven entre aquellos de su edad, también acomodó el cuidarnos con los vecinos para nuestro viaje del día siguiente. Él mismo (y nadie en esa casa) había jamás ido al cañón. “ahí no voy ni loco yo!” se impulsan unes a otres con ideas sobrevaloradas de la altura del agua en ese lugar. Entre el miedo a nadar y la apropiación del chisme se restringen las posibilidades de irlo a visitar.
Franklin sale de entre las casas. El primer hondureño que conocemos desde que entramos a Nicaragua. 
Aquí los guías no bajan de veinte dólares para ir a nadar.
Como guía aficionada, comprendo que a veces nuestra ayuda en lo que hacemos no es absolutamente fundamental.
No vinimos a pasar lujos ni a turistear.
Pero nada de lo que pensamos importa; dos mujeres no van solas y se dejan, encima, acompañar aunque sea de un hombre que no han visto antes en su vida. Franklin, claro está, es de la casa si por ellos viene recomendado. 
Amanecemos, entonces, con un acuerdo extraño de esperar a Franklin a las 9 antes de irnos a pasear.
Ángel, el nieto de la Lidia, se ilusiona desde temprano porque hoy es mañana de liga. Desde las 7, mientras las mujeres palmean, anda apurando sus deberes para poder ir al partido de 8. “8 de la noche?!?!” le pregunto entredormida mientras trato de contar los pollitos y conejos de este lugar. Claramente a las 8 de la mañana un domingo ya es hora suficiente para ponerse a sudar.
9 y resto pasa Ángel en una bicicleta excesivamente grande para sus cortas piernas. “Que dice el Franklin que si le esperan para terminar de jugar”. Una hora y media más esperamos.
El vecino en disculpas nos confirma: “si él les dio palabra, él va a llegar”
10:30 y el chico entra. Ganaron la ronda y tiene otro partido a las 2. Es el momento perfecto para de verdad irnos tranquilas y que él se pueda relajar. La congoja le aumenta notablemente. Entra y sale de la casa. Entre la suya y la nuestra hay varias de por medio donde se debe justificar. Es claro que la colonia familiar ya está enterada del "enorme" pormenor. Romper la promesa a otro hombre sobre el cuido nuestro, dejarnos solas y encima fallarse a sí mismo no le viene fácil.
“Le hablan, mire”
Doña Lidia al teléfono nos llama desde el trabajo temporal que hoy contenta salió a realizar. “Y no van a ir al cañón?” desde lejos su mano cuidadora todo lo vela. "Las espero en la noche, veá?"
La verdad el sinsentido de todo me llega al punto final: “me llama al Franklin, si me hace el favor?” y sin más y sin menos nos logramos ir, dos horas después, a ver qué es la cosa con ese lugar. 

Nicaragua, repito, no tiene nada que envidiarle a Costa Rica.
Desde hace unos días circula un artículo con 18 lugares que todo el mundo debe visitar en Tiquicia. Me niego a abrirlo, pero mi esposa me lee la lista mientras en algo más estoy. El multi-tasking rápidamente me hace repasar que no hay nada ahí que Nicaragua no haya ya superado en varias ocasiones en el escaso tiempo acá.
“Un guía es MUY importante! MUY importante” nos repite el guarda-parques en la entrada del lugar. Eso después de que una larga explicación con mapas, senderos complicados, advertencias y alarmas se reduce a un descuidado y desinteresado “bueno. del río a la derecha, pues” tras nuestra insistente negación. Su insistencia y mi resistencia se empatan en el típico lugar de ligereza con el que nos manejamos en Costa Rica sobre muchas de las leyes de nuestro propio hogar.
“se vino en manga corta la gringa” hablan a mis espaldas las locales mientras se pelean por la música a todo volumen que casi rompe los parlantes de más de un celular. Tanto me he cuidado de no hablar de extranjeros en español que ahora me siento injustamente al otro lado de semejante falta de cordialidad.
En Nicaragua soy gringa, pareciera, y hasta Wil, “el borracho”, me echa el cuento en un inglés autóctono que me cuesta comprender. Gringa o no gringa, la camisa sin mangas me sigue pareciendo esencial.
bus, caminata, panga y nadar. Así llegamos finalmente.
Nadar corriente arriba en el cañón de Somoto ha sido de las experiencias más maravillosas de toda mi vida.
Ojos bajo agua viendo hacia fondo: registro rocas enormes a todo tipo de profundidad.
Ojos bajo agua viendo hacia arriba: los rayos de sol entran y crean una luz espectacular.
Ojos sobre agua ven una combinación de roca cortada y bellamente alineada con agua cristalina que va a lo largo de todo lo que ve.
Jamás he nadado en aguas más bellas de las que pude disfrutar en la calma y belleza de este lugar.
Lo sigo afirmando, el/la guía es innecesarix, dos mujeres pueden ir y venir si les da la gana y Nicaragua no tiene nada del todo que envidiarnos en términos, al menos, de los recursos naturales inexplotados que tienen para gozar.

10 de enero 2016 


Una cosa sí le aceptamos al Franklin: sus consejos para pasar la frontera hacia su país natal.
¿Qué clase de nombre es “Las Manos” para un lugar? Es riquísimo ver el lenguaje desdoblarse en las nuevas fronteras literales de otro sitio.
Por las manos nos ganamos horas, aseguraba el ojalá ganador de la liga de fútbol de ayer. 9 a 0 el primer partido. 2 -0 el segundo. A veces contra planes todo el mundo puede quedar feliz y contentx.
Nos levantamos a las 6 y de nuevo fallo en poder ayudar a palmear.
El bus de las 7 a Las Manos nos pasa por Ocotal sin mucho alarde. Tipo 9 llegamos a la frontera. No duramos ni 2 minutos (literalmente) en bajarnos y ya el primer oficial de migración nos quería cobrar. “Hoy no pasan, pero, si quieren, me buscan y les puedo ayudar”. Claramente seguimos recto.
Nacionales hacen una fila eterna mientras nosotras pasamos entre, lo más, unas cuatro personas. La oficial de ventanilla se deja unas cuarenta córdobas de vuelto y deja el trámite tirado con tal de no tener que descontarnos el menudo. A manera de “favor”, nos piden no dejar que nos vuelvan a sellar el pasaporte con otros 90 días de permiso. Eso de favor no tiene nada más que acortarnos un posible regreso. No es en esta ocasión que volveremos a Nicaragua y con los 90 por ahorita nos basta. Sin la menor queja, avanzamos rápidamente hacia el lado hondureño.

Sobre los sesgos del oficial de migración hondureño hacia mi apariencia en relación con mi identidad de género escribiré, para sanación propia, expiación de mis molestias y su muy anónimo detrimento, una ponencia completa para la Ira Jornada de Reflexión sobre el Cuerpo y las Corporalidades.

En algún punto entre Las Manos y Tegucigalpa, mi cuerpo necesita llorar. Es demasiado lo que tenemos a la mano. Es extensa la belleza que compone hectáreas seguidas de virgen naturaleza. Entrando por la puerta trasera de Honduras, lo que se ve son kilómetros seguidos de pura grandeza plena. Tanta que me rompe a lo interno hasta salir por mi cuerpo. Un momento de ruptura me es necesario. El cuerpo es sabio y sabe cómo y cuándo, aún inesperadamente para mí misma, encontrar expresarlo. ¡Nos han robado tantísimo! La injusticia de ver gente vivir con menos de lo mínimamente humano se multiplica quizás en relación directa con la magnánima vista del virginal estado de todas estas tierras. El pueblo de aquí sabe mejor que nadie cómo trabajar las siembras. Recibir menos del mínimo por su trabajo constante no es digno para nadie que esté involucrade en esta enorme transacción transnacional.

Trasbordamos en El Paraíso más infernal de esta tierra en una estación de dos arcos de barro. La espera y el camino hasta Danlí nos invade con una realidad fortísima al puro frente. Toda ella, por supuesto, sin preguntar. La gente del pueblo dialoga naturalmente, como si hablaran de maíz cascado, sobre las múltiples y trágicas muertes de la gente de su comunidad. El dolor en ocasiones opacado por la naturalización de lo que no debería existir. La pena a veces vislumbrada en el arco de un ojo que decae ligeramente en un pequeño rastro de tristeza. Una hija ahorcada en suicidio, una sobrina muerta al nacer por descuido básico de un hospital, hombres asesinados por la guardia, niñes en abundancia que fallecen por razones múltiples que se hubiesen aliviado con una mínima e ínfima atención básica, a veces con sólo un mejor acceso a una pequeña educación. No hay manera alguna de no sentirme bendita por los privilegios que he tenido. Hay muchos motivos para querer rasgarme de los lujos innecesarios y querer vincularme a primera mano en aquellas esferas de cosas que puedo cambiar. Por ahorita me queda pendiente cómo, cuándo y adónde. 

Tegucigalpa me sorprende. La amplitud es mayor a la que me podía esperar. Colinas en medio de la ciudad; muchas colinas en medio de una atascada y enorme ciudad. Casas se apilan unas sobre otras. Laderas inhóspitas albergan ciudadelas completas de casas por doquier.

Un taxi sin dirección exacta a la cual debamos ir desemboca en un mall más amplio de lo que tenemos allá. “El remate de la ironía” lo titularía. Una chica “acomodada” me recuerda a mi familia y mi pasado. Pasamos la noche en un apartamento vacío de cualquier compañía y medianamente lujoso al menos en su apariencia. Esto es un claro paréntesis a nuestro viaje. Lo tomamos como una pausa a la mitad del camino. 
Me ducho a profundidad. Llevaba 2 días de no bañarme en una ducha formal. Trato de restregarme la suciedad de un par de pies, pero resulta que ya llevan la marca indeleble de mi chancletudez. El olor a humo de la casa de doña Lidia nos es ahora mucho más aparente. Pensamos al principio que podríamos extender nuestra estadía un par de días más. La verdad no vemos motivo por el cual quedarnos en este pretencioso apartamento que está lejos de llenarse en forma alguna de hogar. Avanzo con mi trabajo final de la U, aprovecho la almohada suavecita y el colchón, pero mi cabeza no cesa de procesar.

11 de enero 2016 


Pensábamos que hoy íbamos a descansar más allá del mediodía. Desde las 7 y media estamos listas para irnos. Sin wi-fi por días, no tenemos idea ni de dónde estamos ni adónde podríamos pedir que nos dejen para poder salir de aquí. Aunque la anfitriona nos trata de ayudar por medio de su celular, su comprensión desde la clase medio-alta está lejos de darnos aquellos medios en los que creemos a la hora de viajar. Esta casa tiene seguridad privada. Por dicha, el muchacho nos ayuda a buscar cómo nos podemos largar. Tranquilamente le dejo claro que no hay nada en lo público que no podamos o queramos usar. La cara de alguna manera se le desfigura en una mezcla de sentimientos entre pena ajena, rabia y sorpresa por la falta de capacidad de su jefa de podernos orientar. “tengo un carrito de un amigo afuera. si le ponen el gas, él con gusto las lleva”. Cambiado a ropa de salir, el guarda nos acompaña a la estación del bus. “en un rapidito lo mataron” hablaban entre ellos dos. "frente a la esposa y los hijos, vos" No era un MacDonald’s ni un autobanco como yo pensaba. “estos rapiditos las llevan” nos dicen al dejarnos al lado de una buseta que va para San Pedro Sula. Poco adecuada la conversación de camino para venirnos a dejar a este tipo de autobús. Me niego, no obstante, a dejarme permear de miedo. Precavida o ilusa, quizás, pero jamás temerosa de circular por nuestra América Central.

Segundos después, estaría sentada en el campo desde el cual me dieron una extensa y pausada cátedra de migración.
nunca supe si era Wilbert o Franklin (y hasta ahora que me siento a acotarlo veo la relación con los chicos de Somoto antier), pero acepté la anonimia de su nombre tanto como él necesitó la mía. Desde que lo vi, al lado de los únicos dos campos vacíos atrás, supuse que algo pasaba. Rápido comprendí que su padre iba al otro extremo de los campos que nos cercaban a mi esposa y a mí. No habíamos comenzado a andar hacia San Pedro cuando sacó algo de la bolsa de atrás. Sigilosa reviso sin respetar. Lo que sacó me fue sospecha suficiente, pero aún así lo llegué a dudar.
Estudioso y curioso revisó el mapa. México, pensé, y el título por el cual retorcí mis ojos mal educados me lo confirmó. Ahí dejé mi tarea y me puse a meditar.
Pasaron quizás 30 minutos de las 5 horas totales de viaje antes de que el muchacho me comenzara a hablar.
Conozco una gran parte de su vida, pero también él algo de la mía ahora.
Sus hermanas, de 19 y 22, son ahora madres de hijos de mareros. El papá, cuyo título de ascenso a sargento hoy mismo pude leer, "sucumbió" a la ebriedad. El aliento que traspasa los hombros de Jimena para marearme sin cesar era la única introducción que ocupaba el señor. Su esposa, como él aún le llama, hace tiempo vive con otro hombre mientras su padre duerme ebrio en algún pedazo de piso de su casa. "Es un manicomio aquello y mejor me traje mi viejo que nada hacía allá"
24 años tiene este hombre apenas. Completa vergüenza me dio darle mi edad a cambio.
Sin escuchar o sin creer que no me interesaba ir “al otro lado”, hoy me creo capaz de comprender aún mejor cómo podría hacerle para cruzar "p'allá". Vimos hombres tirarse en paracaídas en pruebas de entrenamiento de las fuerzas armadas durante el camino. 
Con tatuajes en hombros y espalda, al hombre sin nombre le es necesario ponerse una camisa encima que le tape su fachada. "Si a vos o a mí nos ven con éstos", acota sobre mi pelo en equivalencia con sus tatuajes, "ya ahí merito nos devuelven". 
“nos clavábamos palos al corazón con tal de morir” me contaba sobre su experiencia en el desierto de Arizona. 3 días y 3 noches quedan como cuentas grabadas hasta en el filo de su lengua como los peores días que ha vivido en toda su vida. 
Llevaba 10 años de estar lejos de Honduras y su viaje para arriba incluye un río en Guatemala. 
Él me recomienda pedir asilo en México. “Es fácil. Te encierran unos 6 o 9 meses, pero vale mucho la pena. Rapidito te dan los papeles”.
“No confiés en nadie. Ni ese viejito, ni esa señora ni esos niños. Con nada te venden y te secuestran.”
La información que le di, escasa como lo fue según mis impresiones, le fue suficiente para saber cuánto darían por Jime y por mí en la frontera. Que alguien pagaría mi rescate, lo que valdría mi recompensa y lo que harían con nuestros cuerpos. Aprendí sobre los Zetas de alguien que ya les ha pagado para pasarse. Sobre violencia doméstica de un hombre que ha visto de todo y mucho más que yo. Sobre las rutas en el mapa por donde debería y no debería jamás irme. 
No sé si él comprende que la visa americana de mi pasaporte no requiere que haga nada de lo que insistió en instruirme, pero grave pena me aleja de esclarecerle la vida de mi madre, padrastro, mi familia política y mis hermanos. Genuinamente pienso que nunca me creyó que yo realmente venía a Copán, únicamente.
Cuando me habló de su hermana y lo mucho que no le quiso ayudar a pasarse, comprendí que veía en mí una manera de reconciliar el par de veces que su hermana se pasó sola hasta Texas sin pedirle perdón ni permiso. Me pregunto si el mío hablará de la misma manera cuando empaco para venirme a Centroamérica por tierra, sin itinerario ni cuido.
“me voy a llevar a mi papa para ponerlo a trabajar. si lo cacho con un trago, ahí mismo lo amarro unos días y lo dejo que sufra pa que deje de tomar”
La falta de dientes me era característica de un consumo de drogas excesivas y la sinceridad de su historia me lo aclara en lujo de detalles como el antecedente de su nueva vida.
"Ya ahora tengo una mujer y dos hijos y mi vida ha cambiado, oiga"
Entre recetas de guisos, una larga justificación sobre mi vegetarianismo al no poder comerle de su hígado en salsa, y una hablada rápida sobre el menú típico costarricense, hoy también escuché toda clase de calamidades tan genuinas que no hay papel que les aguante.
24 fácilmente podrían ser 48 y mis 32 apenas unos 2.
“En México ni de la [XYZ] instituciones te podés fiar; sólo de la migra, la marina y la [aquella que olvido].” Creo que con la migra en la frontera cuando me sellen el pasaporte yo estoy más que bien. Eso no importa;
“Decí que vas a Monterrey a trabajar haciendo estos bolsos” y la serie de consejos y advertencias nunca paró.
La migración.
la migración.
la migración...

aún no estoy lista para procesar – y mucho menos articular - todo lo que hoy tuve que permitirle a mi cerebro registrar.


8 de la noche (tras 8 horas de camino) y llegamos a La Florida. El man del cuarto de a la par no para de escuchar reggaetón y de hablar por teléfono, a la medianoche inclusive, sobre los males que le tienen en este hospedaje/estancia. “Yo trabajo el campo y las siembras” y se pelea con alguien tras otro por teléfono. “en una balacera que mataron a 5 bolos me fui a meter. De allí me fueron a sacar aquellos pendejos. Que me metí con la hijastra del capo" Necesito, de alguna manera, bloquear mis oídos. Hoy ha sido demasiada y excesiva la dosis de realidad.

Saturday, January 9, 2016

8 de enero 2016

Somoto, Nicaragua.

Hotel Pan Americano: 200 córdobas/persona. Reviews: Le robaron como 90 Euros a un turista mientras iba al cañón. Camino al portón, entro, hablo con la señora: pasamos.
Hotel El Rosario: al otro lado del parque. Busco la compañía de electricidad. Nunca la veo. Encuentro el hotel. 500 córdobas/persona.
Cruzo la calle, hay otro hostal. Hostal Sinaí. Sale la muchacha que ayuda con la limpieza: 500 córdobas, pero hable con la señora, me dice. Hablo con la señora. "Cama matrimonial o dos camas?" Da lo mismo. Ambas opciones: 500 córdobas por la habitación por la noche.
Vuelvo al hostal horrible que vimos al entrar por primera vez. Ahora está abierto. Dos muchachas sonríen. Una está al teléfono. 7 USD por persona por noche en dormitorio compartido con otras 2 o 4 personas. Incluye cocina, wi-fi, ducha compartida.
Camino un poco más.
Hotel Colonial. Calcomanías de todo tipo de tarjeta de crédito afuera. Con sólo ese nombre, ya todo está mal. Déjeme revisar cómo es la cosa en un hotel colonial. Pienso: graffiti con "de" antes y todo estaría mejor. 3 tipos de ofertas. Regateos, tours, combinaciones. Matemática rápida: 60 USD y vamos al cañón, dormimos una noche y salimos con el maccombo hotelero más rápido del lugar.
Paso.

Llevo rato de estar lejos de Jime. Vuelvo al parque que ofrece wi-fi gratis para avisarle en lo que estoy.
"Tengo una noticia que a usted le va a encantar"
Acampar es gratis en otro lugar.
"1 cuadra al este de la Policía Municipal"
ok - voy, camino, bajo, ¿¿adónde putas es la policía municipal??
Se me cruza un muchacho con camisa azul de colegio.
¡Ah, no! El escudo al lado dice justo lo que ando buscando. Claramente le pregunto.
"¿Va para allá usted?"
Le digo que si lo puedo acompañar. "bueno...si le molesta que lo acompañe, tal vez me deje seguirlo" (sin matarme es lo que no le digo. inevitablemente me causan miedo)
Una conversación amena le rompe la seriedad. Sonríe más bonito ese hombre de lo que deja ver su forzada seriedad.
"el entrenamiento de policía yo no me lo desearía"
4 años internados en Managua "con salida los sábados nada más"
Una lista de cuadra y media me dicta todos los rangos a los que puede aspirar.
El orden, la jerarquía, los sistemas de dominación.
Yo sólo quería saber adónde queda el famoso "Bambú".
Él mismo no sabe. Inventa. Luego se corrige. Luego se devuelve. Llegamos a la policía (casi, porque a media cuadra antes se deshace de mí).
Un compañero le ayuda. Bien fácil me guía.
Salgo a la carretera panamericana.
Los hoteles u hospedajes que quedaban quedan al lado de la carretera.
No sólo no hay camping gratis; deberían pagarme para quedarme en ese lugar.
Al lado, en Solentiname le llaman, el perro me asusta apenas al entrar.
Con un perro amarrado que ya está histérico, mis energías repudian fácilmente la opción.

y bueno. A mi esposa le preocupa que ya va a anochecer.
Desde siempre he querido ser esa mujer valiente que se atreve a confiar.
Ya alguien me lo había dicho antes y hace dos días tuve el recordatorio de nada más pedirle a alguien que nos deje usar su jardín.
Camino un poco más. Me quedo sin opciones. A alguien le tengo que preguntar.
Subiendo la cuesta, de nuevo por los borrachos que ya me dedicaron toda su vida muy molestamente a la bajada, hay una señora robusta con una niña en brazos.
Me mando.
La vida es para agarrarla y ver qué nos da.
"Usted no sabe de alguien que nos pueda prestar el jardín para acampar?"
es todo lo que hacía falta decir.
de aquí en adelante, mi corazón le pertenece eternamente a Doña Lidia.
La matrona, matriarca, madre, ceiba, fuerza, luna, loba robusta de este lugar.
El corredor de su casa, de tierra y oscuro, es como el patio íntimo de toda la vecindad.
Niñxs, hombres, mujeres, muchachas, muchachos, borrachos...
Todes entran y salen "como Pedro por su casa".
Me regreso al parque a recoger a mi esposa. Siempre con el miedo de que la oferta haya expirado.
Desde afuera, sólo se veían gallinas ir y venir.
La advertencia está en pie, eso junto con la nota de que se acuerde que casarse conmigo viene con el paquete de no saber en qué nos voy a meter.
Ella sonríe y me sigue amable.
El recordatorio es mío de la dicha que tengo que ella haya querido arriesgar su vida a mi lado.
Entramos.
Un hombre nos espera. El hermano mayor de unos 70.
Platicamos.
Nos sacan sillas de plástico sobre la tierra que compone la sala. Cuadros en las paredes de marcos bien viejos con fotos de personas que ya no veo alrededor.
Doña Lidia aparece con dos tazas de café.
La vergüenza a partir de aquí también acelera.
"¿Dónde ponemos la tienda antes de que anochezca?"
No hay tal cosa. Ella nos limpió 2 camas en su propio cuarto.
En la cocina, una mujer mucho mayor. Ella va a dormir con nosotras.
Salimos a comprar algo para comer. A uno de los chicos me lo robo, aunque bien se ofreció a venir conmigo insistentemente, para ir a la pulpería a ver qué ocupaba Doña Lidia de comer.
Aceite por 40 córdobas, un refresco gaseoso de 3 litros, una bolsa de arroz, 12 huevos y no sé qué más.
Por primera vez en muchísimo tiempo me obligo a oler y comer huevo a la par de mi plato de frijoles y arroz.
La señora mayor en la cocina también es viajante. También está aquí una noche. También cayó inesperadamente. También comparte el cuarto de 3 camas en la noche con nosotras.
Pocas veces he usado la palabra espléndida.
Con la familia de doña Lidia, no puedo más que recalcarlo.
Esta noche me dejó conversaciones tan educadoras que no pude conciliar el sueño.
Mi vida constantemente se re-formula. Y a la vez para nada.

El hijo mayor con todos los hombres de la casa se van en "la arrastra".
Tal vez para mañana domingo en la tarde hayan llegado al lugar hacia el cual salieron hoy en la madrugada.
Paso por la sala y un tele se prende.
Pensé que era fútbol y le iba a seguir recto.
Algo me extraña y me siento a ver baseball.
Tigres de Chinandega contra los Gigantes de Rivas. Debería ir con Rivas, porque venimos de ahí.
Voy y a la vez no, porque con costo me logro acatar de las jugadas que me emocionan.
La verdad es que el partido fue una manera no intencional de ganarme conversación con quien no me dirigía mucha atención antes; el hijo mayor de la amable señora.
Y con eso me gané una conversa entre 3 varones mayores.
Que con Somoza estaban mucho mejor.
La vida en la costa.
La diferencia entre miskitos, sumos, creoles y mestizos.
Nos acostumbramos a decir diferencias, pero pronto le buscamos los beneficios y las similitudes.
Se me aclaran mil cosas, inclusive sobre nuestros propios puertos y deficiencias.
Entre más hablamos, de costa a costa repasando lo social, cultural, político y religioso del país, más me confirmo que Costa Rica no está para estar tan separada.
Centroamérica misma no está para estar tan tremendamente seccionada.
Me llevo unas buenas 3 horas de conversación intensa. Mi necedad y ansias la empatan personas con una mente sumamente abierta.
Comida compartida nos une cada vez más rápido y hoy cuando se fueron, un pedazo mío se va con ellos.
He ido al baño un par de veces desde que estamos acá. Bien si es de hueco patrocinado por la Iglesia Luterana, me da menos asco que muchos otros de mi propia comunidad costarricense.
La casa en la que estamos es todo un barrio a lo interno.
Un rótulo al lado dice "Aldeas S.O.S. de Nicaragua".
El humo del fogón se me mete por la nariz a las 3 de la mañana mientras las palmeadas me dejan con el sin sabor de saber que no hay manera que estas manos, que bien tengo dos que podrían ayudar, no conocen lo suficiente de tradición en la vida como para poder ayudar.
Llevo los ojos ciertamente abiertos.
Tal vez hasta ahora comprendo por qué en la noche duermo en una cama individual con ojos de lechuza.
Tengo demasiado que internalizar, muchísimo que meditar y aún más que apreciar.
La vida sigue siendo buena con nosotras y seguimos amando este lugar.


Thursday, January 7, 2016

6 de enero 2016

Llegaron 12 hoy en total.
Mi esposa - que no es de teatro, pero que es más de teatro que yo, a veces - guió la mayor parte de la sesión.
Después del calentamiento iba según yo a colaborar con el trabajo sobre las escenas. 
Eso es lindo planearlo, pero lo que los métodos no explican es que en cualquier momento los perros que insistieron en caminar con nosotras a la comunidad tienen todo derecho a su instinto animal.
Se venía la parte más "chiva".
El momento que llevábamos esperando ingenuamente por días.
Y de repente la Pacha y la Gordita necesitaron ponerse a cazar.
En media sesión mientras Simón decía cosas al son de los antojos de lxs niñxs, 
la Pachamama destazaba con sus caninos lo que su hija flaquita logró alcanzar.
Para una vegetariana el ver a un par de perras comerse viva una gallina (o dos) es un acto paralizante.
La acción-reacción llega algo tarde.
Observo-asimilo-anticipo-actúo:
¿Cómo putas las voy a parar?
El acto es público mientras niñxs, padres y madres ven a la gallina poco a poco dejar de cacarear desgalilladamente.
Mi acto más violento es agarrarlas del pellejo del pescuezo.
Es muy curioso, porque la animal en todo esto siento que soy yo.
Con las miradas a la expectativa, siento que cualquier fallo, miedo o acto de cobardía rápidamente se multiplicaría.
Arrastro a las perras fuera del lugar mientras mi esposa retoma la actividad.
No sé cómo se explica en teatro perderse un final porque dos perras tienen derecho a su instinto animal.
Para cuando regreso de la casa, alrededor de media hora ha pasado en lo que voy y vuelvo.
Suficiente apenas para perderme el cierre final. 
Lo que me queda en la vida es una lección que dudo algún libro me enseñe jamás.
Eso y el cálido recuerdo del abrazo colectivo de un grupo de niñxs que me esperaba al regresar.

Dejo Tichaná con el corazón enternecido.
Siento como si mis sentimientos de humildad, agradecimiento y confianza en la vida se refrescaron y van recién bañados conmigo.
Es curioso; yo pensaba que a eso me dedicaba todos los días de mi vida.

Tichaná me enseña que hay aún muchísima más paz a la mitad del pozo.

Anoche Noe, Tomah, Jime y yo conversábamos desde la tarde hasta la cena. 
Recién regresados de Managua, se desintoxicaban de las pequeñas colonizaciones de la vida citadina.
Hoy, en el bus de 4:30 de la mañana, el shampoo del inglés vecino me despierta, aparte de ciertas resistencias, los ahora recuerdos de lo que anoche compartimos.

Las casas que antes me parecieron "rurales" al entrar a este lugar ahora parecen el Best Western de mi amada Tichaná.

Tuesday, January 5, 2016

5 de enero

"Al segundo día le llegan más" nos dijo ayer sabiamente un niño de 15.
Hoy, justo, es su cumpleaños.
Lejos de la escuela o colegio, ya él está en plena libertad de escoger su camino de vida.
Por acá y por allá me pregunta cosas sobre nuestra vida.
"¿Has visto el mar?" le pregunté el otro día. 
Donde él me dice que lo ha visto,
Aunque bien ha viajado mucho para llegar ahí, no ha terminado su isla todavía.
Ya en Managua desde el primer día intentó asimilar lecciones que me han dado de vida.
Tenemos la necia tendencia a comparar a manera de comprender.
¡Cuánta libertad vislumbro si llegamos a crearnos el hábito de apreciar las cosas, gente, lugares y sabores sólo por lo que son y no en comparación con lo que conocemos hasta ese día!
Sé que con la noción de libertades hay muchos engaños más en fila.

Hoy José María reivindicó al ladrón de Figueres Olsen. 
Este era igual de chiquito, pero en su escaso medio metro cabían más luz y sonrisas de las ir muchas veces he visto en todo un auditorio lleno de adultos formales bañados en etiqueta.

Para el día 2 de nuestra sesión tuvimos 2 niñxs.
De 2 pasamos a 4.
De 4 llegamos pronto a 6.
De 6 escalamos a 8.
Con 8 pasamos el día.

Tengo una mezcla de sentimientos terrible.

Las carcajadas de estxs niñxs es imposible valorarlas numéricamente.
Es como si sus risas en grupo corriendo por el lugar me inyectaran el corazón intravenosamente.
Dicho en términos más cotidianos, es como si su alegría me llegara por wi-fi directo a la aorta.
Esas pulsadas de amor, inocencia, disposición y voluntad se mezclan con una serie de esperanza, soledad, ingenuidad y talento.
La sola sonrisa constante de José María basta para levantarle el ánimo a todo el grupo.
No hacen falta cronómetros; los descansos, las pausas y la duración de los ejercicios van de la mano con su propio y genuino aguante.
No creo que hayan pasado 30 minutos antes de sentir los famosos abrazos a las rodillas. 
Conforme cerramos el trabajo, las vergüenzas se han soltado, los ánimos persisten y la gente reprograma.
A ver que nos depara mañana.

Mientras tanto, mi carrera se pone a prueba minuciosa y profundamente.
Sin el teatro comunitario, no creo que la cosa tenga mayor sentido para mí.
Sin el trabajo "de campo", se pueden quemar las horas de aula, pupitre, piso y ensayo. 
Cada vez que he estado tras telones o en cabina valen un cinco si no puedo lograr dejar algo que en algo a ellxs les fortalezca. 
6 actuaciones me dejan lejos de actuar confiada y tranquilamente en un teatro y ninguna clase de comunitario me deja hoy con un sinsabor enorme sobre el énfasis que estamos trabajando. 
Un poco de todo...
Un poco de todo.
La cosa es cómo, en esto, vamos mejorando.

Monday, January 4, 2016

4 de enero

hoy les quedamos cortas
MUY cortas.

una comunidad como éstas no se emociona por jugar estos juegos europeos inglesitos de mierdas que inventar.

necesitamos hablar de algo más nuestro
algo más nuestro
algo más…..

¿qué?

me hacen falta los libros
me hace falta la experiencia
no sé si me hacen falta las herramientas

definitivamente aquí algo más hay que inventar
o encontrar
o elaborar.

algo
juntes
tenemos que descifrar.

después de una sesión fallida, empezamos por dialogar. 
sí quieren saber, aprender, conversar, conocer, intentar.
no sobre lo de ellxs.
no sobre lo blanco hegemónico y aquello que hemos encontrado.
mañana pretendo aún más asincerar.
preguntar.
indagar.
ver por dónde podríamos re-formular.

nos fuimos a caminar
mi esposa quería una catarata
el chico, amable, nos quiso llevar.
subimos y subimos y subimos
quizás unas cuatro horas caminamos sin parar. 
llegamos a una catarata que bien podría parecer un chorrito de manguera mal gastado. 
no estamos en invierno. 
no sé qué pensábamos encontrar.

yo aprendí.
sobre la represa que nutre este lugar.
químicos, sembradíos, tierra bajo un sol sin la menor sombra en mucho lugar.
al bajar, tras quince minutos de triunfo para poder volver a caminar, 
encontramos unas piedras. 
escondidas en ellas
en piedras que bien me superaran si estuviese en zancos
piedras enormes
piedras magníficas
“petroglifos” le dice el mae
“de nuestros ancestros”
y el terreno, sin excavar,
sin siquiera notar
le pertenece a un carlos coronel.
“no es lo mismo carlos coronel que coronel carlos” le digo
no comprendo cómo podemos ver esto en la tierra y ni siquiera pensar en excavar.
o no sé si es mejor, lejos de hurgar, honrar con el pesar. 

3 de enero

Es un privilegio poder estar acá.
Cuando me hacía ideas, desde pequeña a adulta, sobre el lago de Nicaragua, jamás contemplé que pudiese ser este oasis de paz tan increíble. 
¡Son magníficas las ironías de la vida!

Cada día me siento a mirar el sol;
Un rato en la mañana, 
un rato en la tarde. 
las energías son distintas y los alivios también. 

Hace dos días salimos a recorrer el pueblo. 
Me ha costado un poco acostumbrarme a llamar “pueblo” a una serie de casas a ambos lados de una carretera. 
El sesgo claramente es mío y no el de esta amable comunidad.
La arquitectura, aprendo, es secundaria a lo que nos da la hermandad.

Creo que las olas de este lago habrían desvelado a Van Gogh. 
Las garzas que aprendí a pintar en clases de escuela ahora completan la romántica imagen con el esplendor de su dinámico pasar. 
Nunca pinté garzas blancas al lado de las negras, pero aquí he aprendido a asimilar la naturalidad de su clara igualdad. 
Los congos piden agua y una suave y ligera lluvia rápido se las da. 
A los chanchos, las chanchas y sus bebés les comienzo a concebir como si fueran una especie de perrx más. 
Las múltiples dádivas de la tierra cada día nos dan de comer. 
Desde arroz a frijoles, menta, albahaca y miel;
nunca he voluntariado más feliz que cuando rasgué la mala yerba de una mata de maracuyá. 
Maracúya le dicen acá. 
Lejos de preguntar por qué, a mí me alegra escuchar una distinta musicalidad para las mismas palabras a 20 kilómetros del país que se supone que es mi hogar. 

La responsabilidad es mucha de saber que la gente viene porque una vino a visitar. 
Recibir visitas de la nada que no vienen sino a estar. 
Aquí no hacen falta los motivos ni las justificaciones. 
Los miedos infligidos de saber que se espera de mí algún saber.
La mayoría de las veces encuentro mi mente tan de occidente tratando de razonar bajo los mismos parámetros que siempre le habían funcionado. 
Aquí mi sobrina podría encontrar miles de luciérnagas mientras cae el atardecer, pero no andamos cámara alguna que capte el reflejo de su luz sobre las piedras.

Monk y Coltrane, tan apropiados para momentos de aislamiento como éstos, se sienten a veces como un sacrilegio a un agua que no se para de mover. 
A veces me siento a preguntarme si el atardecer hoy se bañará de anaranjado o no. 
Y cuento, 
cuento…
y cuento...
Finalmente a veces el amarillo deja de aparecer. 

He pasado del insomnio a dóciles noches de 9 horas de sueño seguidas. 
He pasado de la cerveza a ni siquiera querer comer. 
He pasado de los vicios a la pura limpieza con el sólo hecho de ser.

Amanezco ahora con ansias de agua.
Queriendo nadar.
Queriendo que llegue la noche para poder descansar. 

He vuelto a apreciar el valor de una siesta, 
la comida en una jícara,
una nueva lectura vital y esencial. 

El cambio de año pareciera una mera coincidencia.
Como si el mundo entero existiera en meridianos y paralelos muy lejos de aquí. 
No me siento parte del mundo. 
A la vez, me siento más de la Tierra de lo que en otras ocasiones he logrado estar. 
Alejarnos de estos lugares se sigue viendo como algo muy conveniente. 
Quizás por eso nos vigilan sigilosa y constantemente.
Aparatos vuelan y luces aparecen.
Mientras tanto, aquí no pasa un sólo alma. 
Kilómetros seguidos de tierra y agua a la vista y a la redonda.
Desde hace 4 días he visto únicamente una panga en remos y una única lancha. 

lxs niñxs del pueblo se niegan a nadar. 
Esta soledad que tanto me extraña en la costa que es mi balcón lleva toda una historia de tradición oral. 
¡Finalmente! ¡Es sobre esto de lo cual se hablaba en libros!
Y ahora comprendo por qué no se divulga. 
Por qué no se publica. 
Por qué no existe. 

Rápidamente recuerdo que mi mejor interacción son el silencio y la escucha. 
Gracias a estos oídos mi visión va cambiando. 
Yo diría, quizás, “evolucionando”. 
En vez de ir para adelante, 
siento que voy de nuevo para atrás a manera de seguir avanzando.
Vuelvo a lo simple para regresar a la riqueza de lo nuestro.

Yo realmente no sé lo que sea de mi vida ahora o en 2 años. 
No sé qué será de mí después de mañana.
Lo que sí sé es que estar en estos lados me hace sentir acompañada.
Es como si de alguna manera haya sido siempre bien escuchada. 

Mañana comparto un "taller de teatro”.
“Vamos a jugar un rato” es lo que les he dicho.
Con el corazón en la mano, lo único que espero es poder retribuirles tanto.