Saturday, January 23, 2016

23 de enero

Hay días en los que ni yo sola me aguanto.
Parte de las lecciones de'esta vida reciente.
Hay días, en los que yo
ni sola
me aguanto.

Y hay días
en los que yo
sola
no me aguanto.

Hoy es un día de'esos,
en los que la alegría y la vida quiere explotar.
Porque nos reconocemos juntes,
hermanes,
tranquiles, fuertes y constantes.

Malagradecida he sido en mi recaída de un sistema capitalista
A veces me da golpes
y me deja en el suelo
A veces,
precisamente,
del suelo es que me levanto.

La tierra es mi colcha.
A veces mi almohada.
Siempre mi suelo
para seguir en la marcha.

Declaré mucho tiempo esta tierra mi favorita
La desilusión de sus colonizaciones me revolcó su justo momento.

Hoy
El lago me devuelve.
La vida se afirma
Y las ilusiones persisten.
La diferencia es que aquí los frutos se ven.
de Gente que cree diferente.
de gente que vive distinto.
de gente que ya hace de la vida aquello que algunes a veces sólo soñamos.

Aquí no hace falta ni el fuego para crear círculos compartidos.
La comida, aunque nadie tiene por montones, circula en bella abundancia.
El agua rejuvenece.
Yoga dentro del lago me resolvió hoy mil conexiones.
La vida, bella como ella sola, se me va armando.
Lo que vi en un pueblo y dejé como pendiente, hoy bajo el manto de la tarde-noche se me resuelve.
Si vibramos abundancia, entrega e intuiciones, la vida misma nos hilvana soluciones.

San Marcos.......siempre tan ¡dadivoso!
San Juan....una bendición tz'utujil.
Hoy caminaba por el pueblo y entendía un poquito más estas construcciones.
La cordialidad de la cultura maya entre estos fuegos se enaltece.
La sonrisa debajo de los coloridos güipiles está lista para encenderse.
Hoy una señora nos defendía ante otra; entre quetzales y aguacates, los ojos nos permiten seguir hablando. No me hace falta comprender cada sonido, gutural o con CH, para entenderles la intención que llevan en su calma.

Llegué donde Merlín sin poder andar mucho ya. Salgo de donde Merlín casi corriendo irresponsable, pero felizmente, en una pata.
Sabía que una herida en un punto de apoyo tan importante no podía, jamás, ser medianamente insignificante. Con muchas cosas revueltas - o tal vez ojalá hasta resueltas - hoy reafirmo sobre mi pie de apoyo, el derecho.
en el pueblo tz'utujil me ofrecieron una medicina y yo lo que tomé fueron sus hierbas y su piscina.
En San Marcos nos ofrecieron casa y abrigo, yo lo que tomé fue el vibrar de su cocina.
Una se vitaliza. Se llena de vida.
Toma un respiro, hace una pausa, y sigue el camino.
Doy gracias al Cielo, el universo, la Luna y el fuego por poder partir mañana con un poco menos de ego.
Doy gracias a la tierra, a la gente y a la naturaleza que puedo caminar hoy con mucho más sosiego.
Doy gracias a la noche por esta gente tan bella que tras tambores, sonrisas, círculos y caricias nos ponen al camino con convicciones hechas realidades.

Rezagos del 21 y 22 de enero


Tarde/noche del 21

La entrada al pueblo en el tuck tuck me anuncia ya la expansión del comercio hasta inundar las laderas. Nuestra amiga hondureña de Pana nos recomendó buscar a un tal Merlín. Por ahora, sólo así le conocemos. Con los bultos que nos andamos atraemos a los locales del pueblo; llamada oportuna para preguntar por quién buscamos. “¿Benjamín? Un hombre de pelo largo blanco por aquí” nos lo describe un hombre que señala su cadera mientras se encuentra a punto de establecer su mesa de venta. Realmente no creemos que la cosa sea así, pero su dirección parece tener más sentido que las cosas que nos ha dicho un señor mayor ya algo entrado en tragos. Pequeñas cosas como el rumbo de las miradas de la gente son indicativos claros de diferenciación entre la honestidad o los inventos cuando una anda en estas. Sin comprender mucho, nos dejamos llevar por palabras claves. Municipalidad, correo,  iglesia, mercado…todas esas son muletas fundamentales para retroceder o avanzar. “Al lado de la municipalidad” en este caso nos es suficiente. Con eso por lo menos sabemos por qué lado ir subiendo entre todas estas laderas. Justo al lado de la municipalidad no hay nada, pero unas dos o tres preguntas más en casas aledañas nos permiten dar con el nicho del famoso Merlín. La puerta, entretejida con bambúes y zacates viejos, lleva al tope unas varillas que ha cortado a la mitad. Ésa es la primera campana que anuncia nuestra llegada. Más adentro, el patio se encuentra envuelto en miles de vidrios, CDs y demás artesanías que funcionan bella y fielmente como móviles colgantes. En una pared blanca, los murales anuncian “Merlin’s [little] Magicland”. No era para menos el título para que nos recibiera un hombre blanco, alto, de barba y cabello color nieve y con un acento francés que nos deja escuchar su leve canto agudo al hablar. Lo único que ocupa es comida para gatos y el contrato informal lo establece con mi esposa mientras yo descanso el pie ya ardiente de andar. Mi herida sana por las noches y se re-abre de día. Entre curitas, medias, lavanda y milrama, siento que lo que ocupa, también, es un tiempo de descanso. La casa de Merlín nos parece un poco llena, pero a él le parece que aún le queda un campito. Sin mucho preámbulo, ponemos la tienda cerca de un par de peceras. El ingenio de este hombre supera los cuentos de hadas o, si las hadas existen, de él se nutrieron. Al llegar pensé que la comparación constante de Merlín con el Dumbledore de Rowlins era un poco sesgada, pero no pasa rato antes de que él mismo corrobore las comparaciones. Entre libros de alquimia y muchos de magia, su casa se vuelve un encanto para miles de jóvenes.  Alrededor de un fuego, hay un círculo de piedras y caída la noche la estructura se honra como centro de una cena compartida, manos agarradas y oraciones en silencio. El aho nos une y los gritos, como los platos, entre todos se construyen. Ciertas resistencias me alejan de la empatía plena con el grupo de muchachxs que desde hace días convive en este espacio. Aún así, no hay manera que bajo esta luna llena yo no mire alrededor y deje de sentir que vivo en algo que yo misma he soñado. Somos muches viviendo el día a día, viajando como meta que no queremos llegue a un fin alcanzable y soñando, con mucha esperanza y cierta valentía, que las fronteras no signifiquen más que lugares de los cuales nos vamos y venimos. Europeos, centroamericanos y estadounidenses…las nacionalidades acá son meramente una señal de riqueza y no de ventajas o desventajas. Las tiendas son casi públicas, pero la tierra, por hoy, es para todes nuestra bella casa compartida.

22 de enero 2016

Me despierto tipo 6 de la mañana.
Para variar, no hay nadie despierto aún.
Éstas son las mejores horas para aprovechar mi día.
Para no hacer bulla, dejo mis lecturas de cultura tz'utujil y avanzo en las otras cosas que llevo rato de no acariciar.
Un par de horas más y me entra el sueño mientras lxs demás despiertan.
Tomo una siesta un rato pero no pasa mucho antes de que instrumentos tibetanos me despierten de nuevo.
Las ondas circulan por la tierra y me arrullan un rato más.
No todos los días tengo el privilegio de despertar en San Marcos La Laguna.
Invito a mi esposa a bañarnos en el lago en vez de intentar la ducha y una amplia sonrisa me recibe.
Para salir a esa belleza, lamentablemente tenemos que pasar por múltiples lugares gringos ahora. Entre gringos y argentinos, este pueblo lo que menos tiene son pueblos originarios ganándose el dinero del extenso turismo yogui.
Es curioso; si hubiese conocido este pueblo hoy por vez primera, quizás me encantaría. Estaría ampliamente ilusionada buscando en cuál clase de yoga, taller de masaje thai o cuál curso tomar.
Lamentablemente, vine hace más de década y media a San Marcos cuando no había nadie con quien turistear.
Recuerdo las penas tratando de conseguir un foco para poder iluminar el camino por potreros al casi único hospedaje que no se dignaba llamarse a sí mismo un hotel.
La casa que sí era hotel y cobraba con tarjeta parecía tan pionera como lo es la energía tesla ahora.

Hace unos días cuando pasamos por acá en lancha camino a San Juan, esa casa, que hace unos 4 o 5 años ya había perdido su jardín, hoy ya se ha creado decks para poder sobrevivir. Los pilares se yerguen en un intento por conservar la propiedad. Tanto aquí como en San Juan, es mucho lo que el lago ha tomado ya bajo su manto de aguas cristalinas, aguas con petróleo y extensas algas.

Resume hoy Summa que Guatemala es de los países más baratos para viajar según el informe de Competitividad y Turismo del 2015 del World Economic Forum. Es increíble la información que circula como cierta. Toda verdad es subjetivamente cuestionable, pero esa aseveración llega a sonarnos más como una falsísima (¿o corrupta?) exageración. País más barato y bello que Nicaragua no hemos encontrado desde que salimos de casa. En realidad, Guatemala ha sido el país más caro en el cual hemos estado después de Costa Rica y hasta ahora. Las cuentas registradas, sobre las cuales escribiré al puro final, matemática y concisamente demuestran que las cosas acá nos cuestan cerca del triple de lo que gastamos en cualquier lugar de Nicaragua. ¡Quién sabe cuál Guatemala estamos visitando nosotras!

En fin, en el café donde escribo esto a cambio de wi-fi con vista próxima al lago, trabajan 2 gringas en recepción con 3 mujeres en güipil que bretan sin parar en la cocina. Presumimos que el sueldo de 1 hace el de las 3. Es una suposición que ojalá sea falsa, también. Ordenar mi café en español a pesar de la dificultad de las rubias para comprenderlo es mi pequeña manera de reivindicar un poquito el sudor de esas mujeres que trabajan expuestas en la cocina como si fueran artesanías. En los locales aledaños, bares gringos tipo sportsbar anuncian "food by locals" en sitios que de autóctonos no tienen más que la tierra en la que se sientan. Por más que podría, me niego a usar el inglés para pedir un café que ya cuesta 3 veces lo que me daría la señora del comedor. No me acostumbro a estas colonizaciones diarias. Por más que quisiera amar todo esto, los hoteles, los yoguis y los artesanos, el sinfín de locales turísticos en manos de extranjeros me impiden amar lo que por más de una década llamé mi lugar favorito en todo lo que conocía del mundo. Esto tiene un precio y un premio; por un lado, mi desilusión es extensa. Siento como se me desfigura la cara sin poderla remediar al caminar por las ahora numerosas callecillas de esta aldea ya casi enteramente europea. A la vez, la vida me dice que tengo que conocer mucho más para poder declarar como favorito algún otro sitio en este planeta tan extenso. Ahora es cuestión de ponerme a buscar o, quizás, de sólo estar ampliamente abierta a nuevas oportunidades y experiencias que me llenen el alma como lo solía hacer antes este bello lugarcito al lado del Lago Atitlán.

Sin perder la esperanza, nos vamos a sentar a lo que ahora llaman "segundo muelle". Pasamos el día completo nadando en el lago y tomando el sol. El almuerzo son tortillitas de la señora que se ha parqueado a la entrada del pueblo. Aquí siguen al menos las tortillas a 4 por quetzal, pero ella sabiamente les ha recortado el tamaño. Los niños que se llegan a bañar en medio de sus ventas de pan y café me comparten piruetas, su nombre y una que otra sonrisa por acá y por allá. Finalmente le puedo dar a mi pie y a mi alma el día de completo descanso que tanto requieren. San Marcos, por lo menos, sigue facilitando e invitando a eso todavía.



Hoy la luna está más llena de lo que hemos visto desde que salimos de casa. Finalmente el ciclo se cierra y de Tichaná a San Marcos completamos un ciclo lunar lleno de puras bendiciones, gente linda, hospedajes amables y mucha comida.

La noche en la tienda es bastante curiosa. Durmiendo en un sleeping dentro de una tienda, descanso rico y profundo. Rápidamente voy aprendiendo a cambiar el "a pesar" de esto por el "gracias a esto" en agradecimiento interno por la oportunidad de dormir cerca de la generosísima tierra.

Friday, January 22, 2016

20 y 21 de enero, 2016

20 de enero 2016

Desde ayer llevo preguntándole a Ian que a qué hora despiertan. No logro dar con la hora a ciencia cierta - ni con él ni con el resto de su familia. A veces me dicen 5, a veces 6, a veces, inclusive, 7. La de 7 logro refutársela, según yo, porque ya al menos sé que a esa hora entran a clases. ¡Lo equivocada que estoy a veces creyendo que poseo la pobreza de algún tipo de certeza!

El despertador nos levanta desde 6:15. Necesitamos ir al colegio a compartir y no queremos ser quienes atrasen. Para nuestra sorpresa, nada en la casa se mueve. La cosa nos sorprende, porque los platos que lavamos ayer era como para un batallón de 50 personas. Nos dijeron que quedaban sucios en el día porque salían corriendo en la mañana. La casa, llena de rastros de apuro, bien lo demostraba. Camisas de trabajo, escuela y colegio por aquí y por allá. Platos de quien sale corriendo como bien lo hacemos nosotras antes de ir a la U a veces. Y hoy, desde 6:30 en adelante, nada se mueve. "Tal vez el colegio no empiece a las 7, entonces" es lo que me pienso. 7 y algo se empieza a mover algo más que las imágenes de un televisor que desde el despertar está anunciando las noticias. Alguien pasa por el cuarto corriendo. Daniel, el señor de la casa, salió por ahí sin anunciar adónde. Aprovechamos para acercarnos a la cocina. El fogón aún ni comienza. Poco tarda Daniel en volver con un poco de leña. Las chicas, en enaguas de liceo, y él se van sin despedirse. La señora sirve café con un bollito redondo de pan. "Aquí no se desayuna. Sólo pan y café" y con eso se despide. Sintiendo que nos dejan botadas, nos sentamos con Ika a tomar desayuno. Doña Helena sale a dejar a Ian al colegio. Regresa al tiempo con una caja de mezcla para panqueques. A pesar de hacerse sólo con agua, ella igual les rellena con huevo y leche. En son de espera, nuevamente le ofrecemos ayuda. Ya para entonces nos dan casi las 8. Daniel finalmente vuelve y nos explica que le ayudemos a la señora con la refa. Las refacciones acá son meriendas considerables. El itinerario para hoy cambia a ayuda con la venta de refas, una visita a la asociación de Ixoq Ajkeem para mostrársela a Ika y el final del día para "hacer nuestra vida", nos dice. A mí la verdad me ilusiona ayudar en la venta de una señora tz'utujil. Me parece un gusto y un privilegio estar al otro lado de la mesa que frecuentamos a la hora de la cena. La venta, eso sí, es el liceo a la vuelta. Ahora todo tiene sentido. 30 vasos, 30 platos, 30 tostadas contadas. Eso porque las alumnas equivalen esa cuenta.

Aprovecho la visita a Ixoq para ayudar con las contraseñas de las redes sociales. Alguien acá, aparte de sacar miles de miles en ganancias, les ha dejado fuera de la administración de sus propios recursos. Con la confianza del lado positivo en relación con las decisiones de ayer, la presidenta accede. Apuradas, aprovechamos para actualizar perfiles por todo lado.

El vegetarianismo aquí no significa nada. Son más los chistes y burlas que la comprensión de la necesidad y creencias que le fundamentan. Así, a pesar de las aclaraciones en la mañana, nos comparten un pepián al almuerzo. Pollo en salsa y arroz acompañan el postre de panqueque con miel. Mi estómago arde, suena, se revuelca y retuerce. Prefiero eso mil veces que no pasar la prueba o incurrir en una falta de sensibilidad de devolver la carne tan cara que me están sirviendo. Por primera vez en casi cuatro años, la gallina que me anda por las piernas también la tengo servida en mi plato.
Después del almuerzo y sin preguntar ya siquiera, nos damos a la tarea de lavar todos los platos. 3 palanganas llenas de ollas nos dan tarea por una hora y resto. Para los oficios de la casa, el equipo de sonido vibra a volumen máximo. Entretiene de alguna manera el lavar en una pila con pailas en un techo de zinc mientras Sinead O'Connor, Laura Pausini y algún reggaetón de por medio nos acompañan.

Terminando la tarea, vamos con Ian al muelle de nuevo. Hoy encontramos familias pescando con anzuelos de camaroncitos secos. Los peces acá ni chistan por el llegar de las lanchas. Tampoco lo hacen por los anzuelos caseros.

Las tiendas en la noche cierran hasta 10 u 11 y el paseo con las jóvenes de la familia nos llevan a la librería cerca de eso de las 9. Nuestra cama prestada está hecha de tablas y mi espalda, sorprendentemente, tolera la postura única para dormir tranquilamente.

21 de enero 2016

El ritual de la mañana, con su imprecisión sorprendente, ya no nos desvela. 6:45 me levanto para hoy sí no bañarme. El valor que tuve ayer para congelarme los huesos ya hoy no me alienta. Me permito ajustarme a bañarme en la tarde.

Hoy, nuevamente, esperamos poder ir al colegio. "Llevarme a las 3 me parece mala onda" nos dice Daniel. De nuevo me quedo preparando la refa. El diálogo con doña Helena, con su poquita comprensión de español y mi tz'utujil inexistente, de alguna forma se acopla. Hoy tengo la bella oportunidad de sentarme entre dos mujeres mayores que el café de la mañana se comparten. Algunas palabrillas por aquí y por allá voy registrando.

La refa en el liceo la vendemos hoy entre Helena y yo. Atol de arroz nuevamente, tostadas mixtas con chow mein y panes rellenos en vez de panqueques. Hoy, por un quetzal, también se llevan poppys. Las hijas mayores de doña Helena, en vez de recreo, ayudan a servir y a cobrar cuanto puedan.

Las aulas de la mañana quedaron para Jime e Ika, pero en la tarde finalmente me sumo. Cuarto o sexto no hace mayor diferencia. Entre contar, el abecedario y algunas otras palabras, intento conversaciones grupales que les sirvan de algo. Dejo de tratar de enseñarles cosas sueltas y empezar a armar oraciones que hablen de su cotidiano. Algunas se ríen, pero bien que también apuntan. La vergüenza es compartida en medio de risas. La sonrisa como método para romper incertidumbres e inseguridades. Las clases, de escasos 20 minutos cada sesión, apenas dan para rápidos repasos. Saliendo del colegio a la 1, al menos ya pueden contar un poco sobre su vida con cualquier turista que pase.

Hay varias cosas acá que nos dejan varios sinsabores. La adoración a cualquier cosa europea es mi mayor desbalance. Las ticas, frente a alguien europeo, no valemos de mucho. El menosprecio por lo centroamericano es tan fuerte como la veneración hacia todo lo sueco, suizo, finlandés o americano. Muchos motivos alternos se desvelan y oportunidades se van en privilegios individuales.

Salimos de acá con una lista completa. Cada vez nos suena más gestar lo nuestro. Las maneras, los recursos, la gente y los contactos se van alineando. No hay manera de ignorar que cada paso de este viaje ha sido una enseñanza que se va acumulando. De cada sitio aprendemos una nueva manera. De cada persona, una nueva hazaña. Poquito a poquito, de cada pueblo nos vamos hilvanando.

A sabiendas de haber compartido lo suficiente para saber que no es mucho lo que logramos, nos vamos despidiendo. "Almuercen con nosotros primero" nos dice la bella Helena. Una sopa de hierba mora con una canasta llena de tortillas anteceden un juego de chanchos (y ya no de cerdos).

Sonreír a lo largo de una mesa con toda una familia es la despedida perfecta para sentir que nuestro corto camino por acá fue más que bien aprovechado. Intercambio de contactos, de tareas pendientes y de cosas vividas. "Me tienes que regalar algo" me dice el Ian, porque ayer de su corazón le nació darme un juguete. Saco la única cosa colorida de mi bolso y a cambio me llevo un pitufo. El celestillo  saca la lengua y, a pesar de ser de Mac Donald's, me lo llevo de recuerdo de su preciosa sonrisa. La despedida me duele y las preocupaciones me aumentan, pero el tuck tuck a San Marcos ya no tiene retraso. Por 30 quetzales, continuamos divagando o, tal vez, tan sólo viajando.

Wednesday, January 20, 2016

19 de enero 2016

Salimos de Panajachel en lancha en busca de San Juan.
Antes de partir, me rompí el pie en una varilla saliente de una azotea de cemento.
Caminar, tan esencial en este tipo de travesías, se me dificulta un poco.
Aún así, recorremos las casi idénticas calles de San Juan en busca de la Asociación de Mujeres Tejedoras.
"Ixoq Ajkeem" se llaman en tz'utujil.
Vamos preguntando y las direcciones van en todos los sentidos.
Callejón tras otro, se va enredando más y más la cosa.
En una de tantas, finalmente logramos dar con el rótulo que nos haría apreciar la construcción de madera que andábamos buscando.
Al pasar tras la tienda, encontramos varias mujeres comiendo a lo largo de una mesa.
Con sumo respeto y previas disculpas, pedimos permiso para explicar en lo que andamos.
Un sentimiento entre cólera y suma tristeza me corroe en lo que nos hacen saber que alguienes antes de nosotras ya nos dejaron un camino muy sucio.
Voluntarixs previxs vinieron, entraron a la casa de estas mujeres y, como ladrones por la madrugada, nada más se fueron sin siquiera despedirse.
El enorme reclamo que nos separa en este resentimiento es que no han sabido siquiera dar las gracias y decir hasta luego. Es sólo eso lo que les molesta en este pueblo todavía.
Para nosotras, naturalmente es razón suficiente.
De igual forma, en medio del diálogo, las mujeres siguen debatiendo.
Es claro que debemos esperar el censo mientras no comprendemos aquello de lo cual hablan.
Esta postura de sumisión la acepto ampliamente en señal de respeto y cumplimiento de la pena de aquelles que vinieron en mi lugar en días anteriores.
Hay una señora, bella como ella sola, que desde el principio nos sonríe cada vez que le vemos.
Ella es la que se encarga ante la presidenta de darnos siquiera un poco de esperanza.
Pasan quizás unos cuarenta minutos y nosotras seguimos a la espera del consenso.
"Voy a llamar a mi hija" es la resolución de la mesa.
Al rato, una chica viene por nosotras acompañada de un niñito de unos 7 años.
"¿Me hacen un favor?" nos dice su madre. "Ahí me lavan los platos"


Desde entonces hasta ahora, no hay segundo en que no me repita lo privilegiada que soy de estar conviviendo en una casa de una familia tz'utujil.
3 bellas hijas, un hermosísimo niño y un señor que llega tipo 6 con una chica alemana.
Se la topó en el bote y ya le dieron casa.
Las redes que hilvanamos ahorita, como el conocimiento que va entretejido en los hilos de algodón que nutre la asociación, no son contratos ni diálogos que quiera divulgar por el momento (o quizás nunca en ese caso todavía).
Con la cabeza baja en son de agradecimiento, honro lo que la vida nos tira, lo que hemos cosechado y lo que falta aún por ir construyendo.
De aquí a que salga, mi corazón está en una constante apertura de sumo crecimiento.
Lo que otorgo es aquello que quisiera dejar detrás, como mi inglés, mi conocimiento sobre las redes sociales y mil otras cosas "babylon".
Lamentablemente, aquí todo eso sirve para el necesario intercambio.
Y, la verdad, en buenahora que de algo sirvan todas estas marañas.
Mientras tanto, muero por ir de nuevo al muelle a ver los pececitos con Ian.
Así me diga que parezco un mango chupa'o por mi pelo parado, si me pone mango de apodo, seré un mango absolutamente contento.


Tuesday, January 19, 2016

15 a 18 de enero del 2016

15 de enero 2016

Despertar en Chiquimula invita a un desayuno en el mercado. Todo pueblo es buena excusa para aprovechar d‘eso. Otra vez me como un legítimo casado. Arroz, frijoles, aguacate hecho guacamole, natilla y tortillas. Esta vez el aguacate lo pagamos nosotras para que lo vayan a traer y luego nos lo cobren al doble por habérnoslo majado. Es poco importante, pues la señora pronto se reivindica. Le llega un señor mayor, muy mayor, bien vestido en su sombrero de mimbre.

“hoy sólo tengo un quetzal” les dice.
“- entonces quiere agua?
- No….deme fresco”

Le sirven un buen caldo de gallina con una pata en el mero centro. Para sentarse, el señor tiene todo un ritual. Su sombrero, antes de tomar asiento, va arriba entre las telas de nylon que componen el techo. El asiento queda bien limpio con varias pasadas de mano para acá y para allá. Y la sal de la mesa, con las uñas bien largas y negras, da vueltas varias veces al son de un ritmo que únicamente puede ser interno. No quería echar sal alguna a su plato, pero el juego es parte de un bello juego.

“Que le aproveche, señor”, le digo.
“Igualmente, seño”.

“seño”: La palabra seductora detrás del “cabal”, “no tenga pena” y sobre todo el “va” para todo.

Saliendo del mercado, tomamos un bus de 40 quetzales a Antigua. Este bus es grandote, con aire acondicionado, servicio de comidas a cargo de mujeres ya uniformadas en blusas estampadas con el nombre de la compañía en vez de su güipil (enorme pérdida para todes) y un muchacho que constantemente pasa confirmando la comodidad de la gente como si esto fuera un avión. El recorrido no es largo antes de llegar a Ciudad de Guatemala. Llegamos a un centro comercial hecho parada o a una parada hecha mall. Las gradas se acomodan convenientemente para forzarnos a dar toda la vuelta por las tiendas antes de llegar al siguiente cambio de bus. Los buses de acá a 16 calle se pagan con una tarjeta que no venden aquí. “Pídale a alguien que le haga el favor” es la respuesta del chofer ante nuestra imposibilidad de pagar a pesar de tener dinero en mano. La gente en fila vuelve a ver para otro lado hasta que una señora con los dientes afilados en oro sonríe de pena queriendo aceptarnos la oportunidad de ejercitar su dadivosidad. Apenas le debemos 2 quetzales por las dos, pero ella ya tiene los ojos de la fila encima de ella por la homogénea incomodidad. Le dimos 5 sin esperar vuelto a cambio y los ojos de los demás hasta brillan. Al final, inevitablemente nos sentimos mejor por poder, aunque capitalistamente, reciprocar su buena intención. Subir con los bultos tras un trompo de los viejos en un bus bien cerrado por barras de plástico es toda una travesía. La tienda de campaña que ando amarrada atrás se pasa quedando pegada en cualquier pasillo o trillo que exceda el grosor normal de una persona medianamente compuesta. De 16 calle caminamos hasta la 18. Ahí hay que tomar bus a Trébol. Las estaciones de bus en el centro de Guate nos la complican, porque ahora están construidas como las paradas de metro europeas, con puertas de vidrio que se abren y cierran solas junto con delimitaciones claras de caminos exclusivos para subir y otros para bajar. Son casi las 5 de la tarde, así que la hora pico empieza a trabajar en nuestra contra. Trébol funciona de la misma manera que el mall con gradas extensas y puentes para atravesar la carretera principal. Cruzamos y damos toda la vuelta para caminar a lo largo de múltiples ventas ambulantes. Perdí la oportunidad de comprar un cierto estilo de grapa que hace costuras. Ahora que lleve vestuario lo voy a lamentar más. La salida de Guate en el bus que va hacia Antigua se nos alargó unas dos horas entre tantísimo tráfico. Los cajeros que logré ver por la ventana me hacen caer en la cuenta de que era viernes de pago en hora pico de la noche. Pareciera como si esas congestiones en ciudades van siendo a nivel universal.

Para nuestra llegada a Antigua no nos quedó más abierto que un restaurante antigüeño para mi esposa y unas tortillas del mercado para mí. Visitamos el parque mientras nuestro amabilísimo anfitrión nos ubicaba sobre cómo llegar. Pasamos de la noche a la madrugada conociendo a una pareja preciosa sobre la azotea de una casa en Santa Elena, a escasos diez minutos caminando del centro de Antigua. De 2 Gallo en litro a otras dos llegamos a la decisión de acampar ahí arriba. La madrugada me tuvo temblando de un frío horrible hasta buscar refugio en un sitio más cubierto. La espera por el sol me dejó ver la madrugada convertirse en mañana y las estrellas taparse por el rocío que caería sobre los volcanes despejados que componían el paisaje sobre todos estos caseríos de pueblos colindantes.

16 de enero de 2016

Un desayuno compartido nos regaló otro rato bien ameno entre los cuatro. Hoy se suma Santiago, el hijo de la Chave que también vive acá. Chave se alista y corre por la casa en una evidente prisa. Es la única chapina de la casa. Santiago me avisa que su madre también hace teatro y ya mi pena no da para más. La conversación sobre el teatro en Guatemala, sobre la situación política, los desaparecidos y la literatura hacen un perfecto acompañamiento para las tortillas recién hechas que acompañamos de nuevo con frijoles y guacamol.

Alejandra, la novia del Julián, aparte de regalarle al mundo su constante risa honesta, hace crochet que mueve en el arco. Julián, con su calmado andar alemán, trabaja en compu desde wi-fis de los cafés del pueblo. Salimos con ellos a andar por el centro. En Antigua, le muestro a Jime rótulos que anuncian “chumpas” en vez de jackets o sweaters, rellenitos que venden como pan caliente y chuchitos sin carne que me corrigen, porque ya no son chuchitos, sino tamalitos. Finalmente me saco antojos que llevaba años cosechando. Fijarme ahora en lo que la cultura local tiene que ofrecer es mi único remedio para mantener mi poca cordura restante. Antigua y Guate en general me invade de recuerdos selectivos de múltiples viajes desde mi infancia hasta mi adultez. Ahora estoy lejos de disfrutar cualquier cosa que se enorgullezca de su raíz colonial. No sé qué más es Antigua centralmente que eso. Aquí los hoteles y hostales coloniales han sido lo mínimo que he debido evitar.



Llegar a ver un rótulo de una lavandería colonial, escrito en inglés, me produce la sensación de haberlo visto todo ya en términos de la ridiculez no meditada de la reproducción de los patrones fundamentales del colonialismo. Mi medicina tiene que ir por otro lado. La belleza de volver a lugares ya visitados radica aún más en los detalles y eso lo disfruto sobremanera. Esta vez, subimos al Cerro San Lucas para ver Antigua desde allá.



Estamos a la mitad del camino y la ropa limpia se empieza a acabar. Por 5 quetzales la libra nos brincamos el goce de lavar en las pilas de los centros para que nos laven y sequen de manera industrial. Encontré libros bajo el arco que me van moldeando más claramente mis campos de estudio. Las mujeres de pueblos originarios en Guate tienen una fuerza y disciplina enorme que constantemente se documenta de muchas maneras distintas. Estamos tratando de revitalizar redes que teníamos antes de partir para poder subir a las comunidades originarias de acá. Por alguna razón, la cosa, por primera vez, se nos complica de alguna manera. 



En la noche, logramos ver niñxs corriendo anónimamente bajo estructuras de metal con cajas de cartón que cargan miles de juegos de pólvora. Son los famosos "toritos" que corren para arriba y para abajo en las calles alrededor del Parque Central. Entre ellos y los gigantes, las máscaras en trajes que acompañan una cimarrona inexistente, el pueblo celebra el día de la Señora de La Merced. 

Mañana, entonces, partimos a Ati a ver qué nos podemos encontrar por allá. Tenemos idea de que el viaje va llegando al final, pero, así como no tuvimos planes concretos al salir, nos vamos para el lago sin saber bien adónde vamos a llegar.

17 de enero 2016

La vida, aquí, nos guía por su amable cuenta. Tomamos un bus de Antigua a Chimula, otro de ahí a Los Encuentros, de este punto a Sololá y finalmente a Panajachel. Nos debatimos entre las diversas fundaciones a las cuales ofrecer nuestro tiempo, experiencia y cuerpo. El voluntariado aquí sobra. Empezamos con rumbo a una fundación donde podemos trabajar con niñxs. No hemos bajado del centro hasta el final de la Santander cuando una chica nos pregunta si tenemos hospedaje. Solemos decir que sí cuando sabemos para dónde vamos. A ella, le dijimos que sí, pero que no. Con vasta sonrisa nos invita al lugar que ella mueve. Caminando de a poquitos resulta que es el mismo lugar, preciso, que andábamos buscando. “Les vi la energía que llevan” nos dice. Y así cenamos entre mandalas, calendarios mayas, información sobre los nawals, palos de limón y un jardín que mañana pienso enzacatar. La inquietud de la chica a cargo, de escasos 21, es la misma que la nuestra y la de Francisco Morazán. Compartimos aquí con una hondureña mientras el dueño de todo esto anda en un festival rainbow. La cena es compartida con la única huésped de todo este hotel/hostal. Con ojos achinados, nos cuenta de su hogar en Oregon. Anoche se perdió tratando de ir al mercado y terminó en una patrulla de la policía que  la dejara a dos cuadras de acá. La fibra que valoro en las semillas de papaya nos manda a dormir junto a un té hecho en casa con hierbas que nunca antes había visto. El plan para mañana es llevar a la señora al mercado a conseguir frutas y verduras mientras vuelvo al jardín antes de ir a visitar nuevamente el bellísimo Atitlán.

18 de enero 2016

Suelo ganarle a la gente en despertar. Hoy, aún habiendo dormido hasta las 8, tengo mi tiempo libre para escribir y meditar en la misma paz en la que se encuentra la casa . Nickie, la perra de aquí, está embarazada. Hace las mismas de La Gordita de Tichaná de meterse en la noche a los pies de la cama. Anoche le compramos alimento y darle el cariño del cuerpo al dormir de alguna manera nos hace sentir bien.

Me puse a hacer el jardín y al ratito despiertan las demás. Hoy llevamos a Lahn temprano a comprar las frutas y verduras que tanto quiere. A pesar de vivir con un patio lleno de higos, peras y ciruelas, ella alega sólo haber venido a Guatemala a comer frutas “exóticas”. Más allá de piña, papaya, bananos y mangos, realmente no sabemos a qué le llama así. Hay algo más que anda buscando, pero me da la impresión que una revista de turismo de Oregon le debió haber dado la idea de que aquí la cosa es un poco diferente a la realidad. Saliendo del mercado nos dice como gran gracia que compró 5 piernas de pollo para compartir. Así como no pudimos darle de nuestro pan, el pollo se queda para Nickie y algunos visitantes más que vienen durante el día.


Salimos a caminar por el lago hasta llegar donde se pudiera. Caminamos lo suficiente para darnos cuenta de la poca equidad que abunda en estas tierras. Llegamos hasta la casa donde se pagan el lujo de poner una malla con el rótulo de “propiedad privada” que llega más adentro de lo que permite una rápida nadada. Nos devolvemos y tomamos la carretera. Un pick-up con cajón normalizado como medio de transporte nos lleva a Santa Catarina Palopó. No nos queda más que empezar a subir las casas por las laderas. Lahn pasa tomando fotos, porque alega nunca haber visto cosa semejante. Afirma eso mientras nos cuenta lo mucho que estos caseríos se parecen al Vietnam de hace unos 100 años. El viaje no dura mucho, pero tampoco le dura puesta la ropa a ella. Andar con Lahn en un pick-up a la vuelta con nada más que un top y unos pantalones rotos inevitablemente es gracioso; especialmente a la vista de mujeres vestidas en trajes típicos completos. Llegamos a casa a hacernos un cacao y despedir la noche. Mañana, seguro, nos vamos para San Juan o a San Marcos – lo que la vida nos diga que nos funciona mejor.

Sunday, January 17, 2016

14 de enero

Las ruinas abren a las 8 a.m.
Nos levantamos temprano, entonces, para poder ir a verlas y viajar tranquilas a Chiqui.
Finalmente encontramos el mercado.
Está demasiado escondido para un pueblo tan turístico. Las claras conveniencias del mundo capital.
"Los gringos pasan recto" dice le hombre de a la par de nuestro comedor conforme las mujeres regatean comidas a mujeres y hombres rubios que sonríen, pero que no paran siquiera a contemplar un plato típico.
Arroz, frijoles, natilla, queso y aguacate. El café ya viene endulzado sin preguntar y la limonada es un granizado, aunque delicioso, un poco denso para una comida tan temprana. Casi un casado de desayuno nos aguanta fuertes el resto del día.

Entrando a las ruinas, compro camisetas a mitad de precio. "Ya nunca más le volvieron a poner el año, verdad?" le pregunto sobre las demás que cambiaron de estampado. Desde el golpe, ni en la venta anual de las ruinas se puede confiar.

Aquí ya la gente no viene. Será lo mismo o peor, entonces, en el resto de Honduras. Entramos atemorizadas (o con buenos consejos sobre el miedo que debíamos tenerle) a este país. El golpe al movimiento turístico ha sido extenso. Nuestro anfitrión aún tiene máquinas de lo que solía ser un frecuentado café. Ya ni a quien venderlas tienen. Mientras tanto, extranjeros que viven lejos de acá ganan de los comercios que administran por medio de una poca gente local. Y el resto de gente que no tiene en qué ganar dinero para vivir el estilo de vida de antes, anda viendo cómo se consigue una chamba un par de países más para arriba. trabajar en condición irregular rompiendo cimientos para casas en Florida. Confundí Florida con aquél pueblito donde pasamos la noche. Ingenua comprensión de sueños americanos.

En fin...queda todo eso de lado un rato. En los vestigios del mundo maya nos vamos a meter. Hago un esfuerzo constante de recargar y reconectar las energías de piedras que movieron y esculpieron entre miles de cuerpos cuya ausencia es ahora el valor más preciado. Nada de lo que hacemos ahorita es justicia ni reivindicación suficiente para los miles de cuerpos que aquí masacraron. Los niños de Los Sapos me recuerdan que la lucha, el esfuerzo, la contingencia aunados al afán, pasión y amor desinteresado por estas tierras y culturas semi-perdidas es la única y mejor manera de subsanar.

Las esquelas de este lugar me tiran y me jalan a lo interno.

Me queda la escalinata de las ruinas marcada en el cuerpo como si fuera mi propia columna vertebral. Que mi cuerpo sea escultura deficiente y quebrada, pero muera dignamente en recuperación de lo nuestro. ¡Tamaña faena! Y los caminos, aunque ya comenzados, no sé ni por dónde empiezan.


Guara, me dice mi esposa. Que mi pelo algún día lo libere. Las guacamayas o guaras han logrado su camino de vuelta. En algo hemos servido a lo interno gubernamental para traer de vuelta lo que ya era  nuestro. Dos vuelos en bandada nos regalan las guaras en las tres horas y resto que duramos en recorrer lo que los guías hacen en dos. Juntas, cantando, valientes y coloridas nos dan una pequeña muestra de lo magnánima que es su presencia. A ellas se les imprime tributo por doquier. Animales que dejan de ser eso o quizás nunca lo fueron. Del caballo de Palmares a las adoraciones de los mayas hay un sin fin de vestigios colonizadores con demasiadísima tela que cortar. ¿Cuánto se obvia y cuánto se educa? Las paredes de los museos están llenas de palabras que me brinco. Universidad de Harvard, Getty Institute, los japoneses y los gobiernos...

Un Higgins que odio y quisiera nunca oír más.

Se me revuelve la vida.


De vuelta a casa, Edgar nos lleva a la estación en un tuck tuck que le queda. Jade viene con nosotras y eso es justo lo que ocupo cuando la despedida se me dificulta. La sonrisa de esta niña y los ratos compartidos me valen más en la sangre de lo que me importan los happy hours que al final antier nos tuvimos que brincar. Algunas noches aquí me han demostrado que con una birra ya me jumo y que una es más que suficiente.

Por todo lado nos cobran 25 dólares por llevarnos a Antigua. El primer impulso es montarse e irse, pero ya la experiencia del viaje nos ha demostrado que aquello que suena fácil es porque es aún más sencillo hacerlo "a pie" y triplemente menos costoso. Edgar nos aconseja lo contrario, pero respeta que vamos a la estación de bus al "chicken bus" - le dice él - a Chiquimula. No duramos más de media hora y estábamos en la frontera. No hay filas en estas oficinas; no hay fila del todo. Ni siquiera hay oficiales en las ventanillas esperando a la gente. Así de vacío está el tránsito en Honduras y a nosotras ahora, como a todxs lxs hondureñxs en nuestra mesa de cena de anoche (cuando la cuenta nos va por arriba de 5), nos parece una enorme injusticia. La política es un juego de niveles impresionantes.

Pagamos 25, al final, pero quetzales y no dólares, para pasar de El Florido a Chiquimula. Aún 25 resultó ser demasiado. Unos locales hondureños que venían con nosotras pagan 16 por el mismo viaje. Con la carga que me ando de tanta cosa en estos días, no tardo en aclararle al ayudante del chofer lo mal que está lo que hacen. Los anillos de delincuencia son tales que en uniformes oficiales aún el robo les es común a estas alturas. La cara de desinterés es demasiada. No sería siquiera teatralmente justificable una respuesta semejante. Conforme avanza el viaje, más me encachimbo. "Yo soy encachimba'o" decía el Edgar y su expresión me resuena ahora conforme siento una furia intelectual insuperable. Espero al final del viaje para reclamar decentemente mi vuelto. Lástima que dos cuadras antes el ayudante se tira para no devolverme aquello que me había prometido. Entre el tipo de cambio y el robo explícito, unos 40 quetzales es lo que estamos saliendo por dentro. Se los pido al chofer conforme me baja las maletas del techo. "Nono! Usted pagó 25". El descaro va escalando a ser sencillamente demasiado. Que esto es la norma y que la gente está harta me lo demuestran los hombres de las pulperías cercanas que me piden que me queje y que haga algo al respecto. Me espero. Y espero. Éstos prefieren dejar la buseta vacía que dar la cara por lo que hacen. Me encamino a la oficina a poner una queja y de repente aparecen ambos de cuadras diferentes. Es gracioso, porque de cinco en cinco me va dando excusas para no darme los 18. Cada billete le cuesta en la hombría. Cada billete siento que es un turista distinto que va siendo burlado. Con lo nuestro de regreso, igual voy a la tienda. Algo me dice que de un regaño no le va a pasar la cosa, a pesar de los rótulos en la estación que advierten sobre la penalización del robo corrupto. La cuestión de principios no es más que eso.

La posada doña Eva nos recibe como las mujeres de la vieja guardia. Creo que aquí estamos un poco más en casa que en los miles de hoteles al mejor estilo pensión del centro de San José que tiene Chiquimula. Hoy descansamos un rato y mañana le seguimos a la Antigua.

Thursday, January 14, 2016

12 y 13 de enero 2016

Hoy no pasó mucho y a la vez pasó demasiado.
Decido despertarme temprano y aprovechar el día. Es para mí el mejor método para una noche de mal dormir.
Doña Hermelinda, la señora del lugar, pronto se nos acerca; las quejas sobre el vecino ruidoso de anoche son múltiples. 
"Le llegó una visita a la 1 y eso era todo lo que necesitaba" 
Me extraña que se preocupara por la mala reputación que él le podía dar al lugar. En un hotel con esta pinta y con condones al lado del tele, juré que la cosa se trataba de eso.
Caigo en cuenta que hoy llegamos a Copán Ruinas y me entra una emoción profunda.
Encima recuerdo que de aquí sigue Guatemala y brinco rápidamente por el cuarto.
Conseguimos una empanada de frijol de desayuno en la ventanita cerca de la única parada de buses del pueblo. Resulta que una empanada aquí sigue siendo una pupusa. Creo que he comido más repollo en Nicaragua y Honduras de lo que había comido en toda mi vida en Costa Rica. Ni el sauerkraut de los alemanes me pudo recetar jamás tanto. 
Trato de pedir ride en la principal del pueblo. Al rato esto de matar la lista de cosas pendientes por hacer en la vida me pueda ir funcionando de algo. 
¡Lástima! A pesar de haber preguntado, lo pedí en el sentido contrario al lugar para el cual íbamos, así que por dicha no nos lo dieron.
Aquí los buses pasan "jodiendo". Se ha perdido el derecho de estar en la calle libremente sin reportársele a nadie. El transporte público se regatea tanto como bolsos en las calles de la India. Sin importar lo que piensen quienes ya viajan adentro, el bus para, el ayudante nos viene a negociar la tarifa y..¡bueno! Chao bucket list y bienvenido el busito hacia Copán Ruinas. 
La verdad no comprendo la diferencia entre los nombres de cada uno de estos lugares. 'Entrada' no es entrada a ninguna ruina más que a su propio pueblo. 'Ruinas copán' y 'Copán ruinas' no son lo mismo y para ir a las ruinas la cosa se dice al revés. Es lo único que veo.
2 horas y media tardamos en el bus con más paciencia de toda Honduras. 40km por hora es decir demasiado.
Copan Ruinas me recuerda un poco a Antigua. Definitivamente aquí nos sentimos muchísimo más seguras.
Nuestro Couch no nos contesta y falta rato para que acabe el día. 
Dejamos la visita a las ruinas para mañana y hoy nos dedicamos a visitar el pueblo mientras el Couch se aparece.
"Vayan donde el gringo que es más relajado" nos dice la señora que vende empanadas en el Palacio Municipal. Ella fue un ángel que nos guió el camino.
Dejamos los bultos al lado de unos tambores en la tarima de Jim's Pizza.
Al salir y a la vuelta de la esquina, almorzamos pupusas donde una señora del pueblo. 
De mostaza, de frijol, de quesillo y de ayote. Al menos aquí hay un sustituto para las mil y un carnes. Cuando haga pupusas en casa, pretendo mezclar la de ayote con la de mostaza y dejar la de queso y frijol cada una por aparte. El loroco nos quedará pendiente por probar, porque la hacen sólo los fines de semana en todo lado.
Poco a poco comenzamos el recorrido:
400 lempiras: cama en un dormitorio de 6 u 8 en un hostel.
360 lempiras: cuarto privado en un lugar, aunque bien turístico, también bastante bonitito.
50 lempiras: se acampa frente al sitio arqueológico de las ruinas.
Aprovechamos el viaje a las ruinas para conseguirnos boletos.
Como caducan en 8 días y dan acceso a Las Sepulturas, dividimos la visita y hacemos eso hoy con calma.
Antes de entrar, caminamos quizás dos kilómetros de las Ruinas hasta Las Sepulturas.
En medio, veo muchísimas siembras.
No puedo quedarme con el clavo.
"¿Por qué hay tanto sembradío entre las Ruinas y Las Sepulturas?"
Tierras que vinieron a reclamar como pertenecientes de los blancos.
"Llegaron con títulos de la colonia como dueños de todas estas tierras"

Siete minutos de silencio.

Son los pueblos originarios de estos lugares quienes veo caminar por senderos maltrechos para trabajarles las tierras.
Hombres mayores, mujeres jóvenes, gente con la piel requemada y aún en la tarde siguen en sus labores.
Al otro lado de los campos, aún sobre la Pan Americana, varias "casas" resguardadas por militares.
Un trago grueso y amargo de saliva mientras veo hombres pasar con leña en las espaldas. Se ponen colchoncitos para alivianarse los ardores y un bulto en los hombros para que les duela menos jalar los palos.
Me da vergüenza quejarme de tener que andar jalando el bulto de mi cámara.
"Miren sus árboles" nos dice un guía a la entrada.
Hay más Guanacastes acá de lo que vimos a la salida de Liberia.
Firmas en el libro de visitas sólo hay una en todo el día. De un gringo.
Estamos a una hora de que cierren.
"La naturaleza es tan sabia que ha ido tapando todas aquellas excavaciones pendientes" nos dicen.
Estamos en un residencial de la clase media.
Camino descalza y recargo energías. No las del día, sino las de la vida.

Antes de irnos a acampar, tentadas igual por nada más quedarnos en el cuarto de un lindo hotelito, le preguntamos a un Tuc Tuc por el señor de Couch que buscábamos. Como es artista, damos con él fácilmente.
La casa, de ventanales pequeños en marcos de madera, está pintada en las paredes con colores, caracoles, flores y demás decoraciones.
A derecha, un ala de la casa está llena de gente que pinta lienzos en caballetes.
Venimos un par de días tarde y sin anunciarnos, pero a Edgar eso poco le importa.
"Pensé que ya no venían. Dejen las maletas; pónganse cómodas!!"
El sofá está cubierto con la misma tela maya que el sofá de nuestra casa.
Un chico visitante rápido nos saluda. Sale gente de todos lados.
La energía da vueltas en una espiral bella.
"¡Aaaah! ¿Son ticas? Yo conocí ticas de teatro en Antigua"
Rápido las conexiones con gente conocida se empieza a armar.
Nacen redes; múltiples redes.
Mientras andábamos en la ciudad temprano, honestamente nos sentamos a sonambulear despiertas con platos de otro tipo de comida.
Desde que salimos de la casa hasta ahora hemos tenido una dieta similar todos los días.
Como conversación de rato en el parque, nos sentamos a compartir lo que cada una comería si pudiera.
Tras un café con pancitos en la casa donde llegamos, aprovechamos la caída de la noche y la salida de la gente hacia el pueblo para ir a buscar cena un rato.
Edgar, el tocayo flaquito, nos acompaña.
Sin mucho caminar damos con un vegetariano y, así, cada una de las cosas que deseamos ahí estaban - en cada uno de nuestros platos - al final del día. 
Tras colmarnos de repetidas bendiciones, este pequeño Edgar sigue su camino. 
Nosotras regresamos a una casa con dos niñas bellas cuya familia nos esperaba para irnos a acostar.
La señora de la casa nos lava el baño con cloro. Nos acostamos agradecidas; bien pareciera que nos hubiese lavado el corazón con muchísimo cariño.

13 de enero 2016


Que esta foto todo lo resuma sobre nuestra subida a Los Sapos. 
Desde que el hombre ayer nos dijo que había un sitio al sur de la Acrópolis donde había una comunidad 'indígena' viviendo, mi corazón me dijo que para ahí íbamos. 
Me levanté hoy temprano como medicina para otra mala noche seguida. 
Pies a la tierra, me vinculé con el patio un rato. No pasó mucho para que se unieran el pintor de la casa y mi esposa. Empezamos un café mañanero entre los tres y rápido teníamos una mesa llena hasta con vecinos de lejos. Sin luz y sin agua, la conversación se hizo sobriamente amena. 
Marbella, la artesana que comparte lugar y experiencia con nosotras en el cuarto, se levanta a limpiar los ventanales de la casa. Acá lo que comienza una termina en la tarea entera de la casa. Las manos se multiplican y la tarea se simplifica. 
Salimos por cosas para aportar el almuerzo mientras otras ponen sus manos para alimentarnos a todes. Otro espacio compartido nos une y nos deja con el estómago a explotar un poco. 
A una hora de camino, dejamos platos sin lavar mientras otres lavan lienzos en la pila, y nos vamos a buscar Los Sapos con Marbella. 
Jalón para arriba con un hombre que cree en la energía que llevamos. 
Trillos, huecos en las paredes con palos que permanecen hacia arriba en señal de activa caza, árboles frutales que nutren extensivamente a la comunidad, guindos a los lados de caminos que se abren de pronto y, sobre todo, una vista insuperable al valle. Así llegamos a la plaza. Casas colindantes llevan el trabajo laborioso de las coloridas muñecas que se ven en las pupuserías del pueblo. Unos niños salen a saludarnos. Rápidamente se tiran a ser nuestras amables guías. Así damos con la piedra del nacimiento. Una mujer en labor de parto queda por muchísimo tiempo honrada en la primera piedra de este lugar. Estamos en la sala de labor de parto más antigua de Honduras, dicen los fallidos libros. Para los niños, este sitio es una mezcla de orgullo y juego. Le damos ampliamente a lo lúdico. Parí, parieron, jugamos entre sapos y el cocodrilo que cuida entre boca y cola a la mujer en postura de parto. La sangre aquí se encamina en senderos para desembocar en el río que le espera. El fuego al lado le mantiene en calor mientras las ruinas aún se ven desde un costado. La vista y la compañía es absolutamente maravillosa. No puedo evitar tomar una foto y los niños no se censuran en querer tomar una foto conmigo. Un botón y descubren el 'selfie'. Si me preguntan, sería lo ÚLTIMO que llevaría del occidentalismo a estas comunidades. A ellos les gusta, les divierte y, entre chiste y chiste, los recuerdos nacen. Rápido se van corriendo porque "ya viene el Lucas". Nos quedamos un rato en las piedras y en menos de 5 pasan dos señores serios con cargas de madera. La verdad es que comprendo por qué el Lucas no los querría encontrar aquí. Buscamos nuestro camino de vuelta y tratamos el otro lado. Los niños nos dijeron que era más rápido, lo cual es cierto, pero no que era más modernista, también. Salimos, entonces, por la famosa Hacienda San Lucas. Un hotel precioso, pero caro y pretencioso. Hay dos señoras hospedadas en este lujoso hotel. La comida cuesta el quíntuple y la noche va por más lempiras de lo que me parece justo con la comunidad que tienen al lado. De aquí nos robamos la vista y seguimos nuestro camino hacia abajo. Otro jalón para bajar la montaña, esta vez por una señora, y tenemos la oportunidad de hablar con un señor mayor del pueblo en la parte de atrás de un pick-up. Al volver a casa, Luna y Jade nos esperan para jugar rayuela. Las ruinas se quedan para mañana, nuestro último día en este lugar.